El Agujero

Agujero

El ánimo de Carmen Fernández era tan sombrío como el cielo de Madrid en aquellos días invernales de hace muchos años. La ciudad no invitaba a la alegría: ora caía una lluvia fina y gélida, ora el viento cruzaba la Gran Vía con tal fuerza que ni la bufanda ni el abrigo de paño lograban resguardarla. Aquello no era invierno, ¡era un despropósito!

Carmen volvía a casa, malhumorada tras otro largo día en el instituto donde enseñaba inglés, murmurando reproches entre dientes. Por supuesto, en voz baja: las chicas bien educadas no maldicen en público, aunque las cosas no vayan bien. Eso decía siempre su abuela, Regina, directora durante décadas del mismo colegio de barrio donde ahora Carmen daba clase.

La causa de su disgusto era una falda nueva, preciosa, que había estrenado esa misma mañana con la ilusión de que, al fin, Juan el hombre por quien suspiraba desde hacía casi seis años le propusiera formalizar su sueño de tener un hogar juntos.

Pero sus anhelos languidecían. Juan y ella llevaban demasiado tiempo cruzando sus caminos en la misma estación de siempre, quedando, compartiendo algún rato, asegurándose mutua presencia pero sin avanzar. Carmen lo intuía: solo su esperanza mantenía viva aquella llama; así que decidió que ya era hora de buscar un futuro distinto, y se armó de valor para decirle a Juan que no quería solo citas y palabras bajo la luna, sino una familia, hijos, café y tostadas compartidos cada mañana.

Preparó ese momento con esmero: escoge palabras, peina su cabello, elige la ropay justo entonces, cuando el destino parecía propicio, ocurrió aquello.

En todos sus años como docente, Carmen jamás imaginó que la broma de untar pegamento en la silla del profesor, tradición estudiantil de la posguerra que su abuela contaba entre carcajadas, seguía viva entre adolescentes castizos. Carmen adoraba a su clase de 2º de la ESO; creía que sus alumnos también sentían por ella algún afecto. El grupo le fue asignado a mitad de curso, como tutora.

Mira, Carmen, si no eres tú, no será nadie. ¡Tienes madera para esto! le dijo la jefa de estudios. Y tienes ese espíritu joven, esas ideas frescas. Seguro que los llevas bien.

¿Tan problemáticos son?

Que va Lo normal a su edad. Los niños de antes acataban sin rechistar, pero estos tienen otras inquietudes. Tú querrás más que pasar la hora de clase. Adelante, Carmen.

Ella aceptó el reto. No se arrepintió. En realidad, los chicos tenían chispa e iniciativa, y sus ideas dieron alegrías en concursos escolares y representaciones teatrales.

Pero un mal día todo cambió: las bromas empezaron a rozar la crueldad y la creatividad quedó enterrada bajo modas de internet y móviles. Carmen no podía entender que aquella tendencia nueva de ridiculizar a los profesores llegase a su aula.

Aquella mañana, Carmen entró preguntando quién quería participar en la próxima obra de teatro. Pocos respondieron. Alumnos nerviosos, risitas, y antes de poder hablar, sonó la campana.

Luego seguimos, chicos.

Tras dos clases, un recreo movido y una reunión urgente en dirección, Carmen llegó tarde a su clase, anotó la tarea rápidamente en la pizarra y notó un silencio inusual.

¿Os pasa algo?

Nada, Carmen, ¡siéntate y descansa! respondió con una sonrisa tímida Manuel Rubio, el alumno que solía verla como una cómplice.

El murmullo se disolvió en una tensión apenas disimulada. Carmen se sentó sin sospechar lo que le esperaba. Cruzó la mirada con Lucía Mateos, quien tenía los ojos anegados de lágrimas.

Lucía, ¿qué ocurre? ¿Te han hecho daño?

La niña huyó del aula sin poder articular palabra. Carmen se levantó instintivamente para seguirla, y en ese instante comprendió que el día acababa de torcerse.

Un estallido de carcajadas arrasó con el silencio de la clase. Vio móviles en alto, grabando el momento, y a Carmen la recorrió un escalofrío: su falda preferida, la que había estrenado para su gran día, estaba pegada a la silla. ¡Qué burla tan cruel! Sabía que ese vídeo pronto circularía entre alumnos y después llegaría a los padres o incluso a dirección. Ni le apetecía pensar qué pasaría después; debía actuar rápido.

Abrid los cuadernos, vamos a hacer un examen sorpresa. La nota contará para la evaluación.

¡Pero eso no vale! protestó Manuel.

Aquí mando yo, Manuel. Si no te gusta, puedes ir ahora mismo a hablar con la directora y explicarle tus objeciones. Tienes un minuto; el resto, a escribir.

Uno a uno, los móviles desaparecieron. Carmen sentía un zumbido en la sien, ese dolor de cabeza que la asaltaba cada vez que algo se desplomaba. Por la noche sabía que tendría que combatirlo, apagando la luz y tarareando la nana que le cantaba su abuela.

Abuela, ¿por qué siempre cantas esa canción?

Tiene magia, cariño. Ahuyenta el dolor.

¿De verdad?

No lo sé, pero cuando la canto, me siento mejor. Pruébala tú.

Pero si no me duele nada.

Mejor así, entonces cántala para mí. Si cantamos juntas, quizás mi dolor se vaya antes. ¿Me ayudas?

Así aprendió Carmen, de niña, a memorizar melodías para aliviar a su abuela Regina en sus últimos días. Aquellas canciones no consiguieron detener la ruina del cuerpo, pero le enseñaron algo sobre el consuelo.

Serás feliz, hijita. La vida te irá bien, ya lo verásdecía su abuela con esos ojos azules mar de invierno, idénticos a los de Carmen.

¿Cómo lo sabes, abuela?

Porque yo lo deseo mucho. Y cuando una abuela lo desea, se cumple.

Y Carmen, entre sollozos, cantaba la canción hasta que su abuela la dejó sola en el mundo.

Recordar aquello mientras miraba la clase la ayudó a recomponerse:

¡Manos a la obra! El tiempo corre.

La campana la sacó de su ensimismamiento. Los alumnos entregaron los exámenes y salieron en silencio, salvo Lucía, que regresó al aula, aún con los ojos brillosos.

Lucía, haz el examen en casa, y me lo traes mañana, ¿sí? No te preocupes.

Quería pero no me dejaron decírtelomurmuró la niña.

Todo está bien, Lucía. Vete tranquila.

A Carmen le temblaban las manos ante la perspectiva de despegarse del asiento y ver el estado de su falda. Bendijo su caprichosa compra: una falda de cuero largo que nunca antes se habría puesto. Nunca fue coqueta, prefería lo sencillo que aprendió de su madre y su abuela. Sin embargo, algo la impulsó a comprarla, tal vez porque sentía que debía desafiar a la vida.

La abertura que dejó el pegamento fue aparente y humillante. Carmen, a punto de llorar de rabia, maldijo su mala estrella; salir así del despacho era impensable y su abrigo colgaba en el guardarropa. Estaba a punto de telefonear a una compañera para que se lo acercara, cuando la puerta se abrió y entró Manuel, con el abrigo en la mano.

Tome, Carmen Lo siento. No queríamos esto.

El chaval dejó el abrigo y desapareció. Carmen no oyó risas en el pasillo. ¿Sería que les avergonzaba lo ocurrido? Nadie lo sabría.

Fue caminando a casa entre la llovizna helada y el aire cortante de Madrid, sentada en el 27 de la EMT, con el corazón más pesado que nunca. Al llegar al portal, aún con las mejillas frías y los ojos inflamados, se cruzó con Juan.

¿Qué haces aquí? le preguntó, ofreciéndole la mejilla por costumbre.

Juan jamás la besaba en los labios en público. Al principio le parecía un detalle gracioso y recatado, pero con el tiempo empezó a dolerle esa distancia.

He perdido las llaves. Carmen, necesitamos hablar.

Ya me lo imagino respondió ella con amargura, abriéndole paso.

Él casi tropieza con el felpudo, maldiciendo en voz baja.

¡Vaya casa! ¿Cuándo cambiarás esa puerta vieja? Podrías poner una decente ya.

Carmen no daba crédito al tono brusco de Juan, tan diferente a su habitual e imperturbable corrección.

No me mires así, mujer. Que no tengo monos en la cara. Carmen, de verdad, no puedo más.

Mientras se quitaba el abrigo, Juan vio la abertura de la falda y soltó una carcajada:

¿Qué es eso? ¿Vas vestida así?

Una broma de niños respondió Carmen, intentando cubrir el desastre.

Si ya hasta los niños se te suben a la chepa, será porque tú lo permites. ¿No crees que va siendo hora de madurar?

¿Así que esa es tu opinión? soltó Carmen, dejando salir algo que hacía tiempo pesaba en su pecho. ¿Eso soy para ti, Juan? ¿La eterna novia invisible que no merece ser reconocida? ¿Cuántos años llevamos así? ¿Cinco, casi seis? ¿Qué soy para ti: nada más que un entretenimiento cómodo, un lugar cálido al que volver sin compromiso?

¡Por favor, Carmen! Estoy cansado de todo esto. No sabía cómo decírtelo: no me aportas nada; eres aburrida, estás vieja antes de tiempo, tus manías, tus charlas ¡me agotan! Quisiera terminar todo de una vez.

Entonces hazlo. La puerta la tienes ahí. Adelante.

Y, por primera vez en mil vidas, Carmen se atrevió a quitarse la falda, girarla sobre la cabeza como una bandera y gritar con voz clara:

¡Buen viaje, Juan! ¡Gracias por enseñarme todo esto!

Juan se fue cerrando la puerta. Carmen, sobre el suelo de su casa, entre la risa y el llanto, pensó: y así se acaba el amor

Aquella noche lloró desde lo más hondo de su alma, escondida bajo la tela de la falda, y se quedó dormida. Al día siguiente, mirándose al espejo, musitó:

¿Vas a creer todo lo que han dicho de ti? ¿O vas a luchar?

La decisión era sencilla.

Carmen llegó puntual al instituto. Informó a la directora de lo sucedido y luego fue directa a su clase.

Mañana habrá una reunión con todos, incluidos vuestros padres.

¿Por qué, Carmen? preguntó Manuel, inquieto.

Porque hay cosas que debemos hablar. Ahora reparte los exámenes y corregiremos los errores; en la próxima, estará la directora presente. ¿Alguna pregunta?

Silencio.

Carmen supo entonces que los tiempos no serían fáciles, que sus alumnos aún la sorprenderían mucho, para bien y para mal. Pero no iba a rendirse. No solo por el retrato de la abuela sobre la mesa del salón, ni por haber sabido decir adiós a Juan; sino porque, mirando a esos chicos, pensó que pronto alguno traería a sus hijos a ese colegio, y el ejemplo empezaba ahora.

En su clase habría pronto una caja para dejar los móviles y ningún padre protestaría, porque en la reunión se mostraría la famosa falda y unos cuantos vídeos desastrosos. Carmen formularía a los padres una pregunta clara:

¿Queréis que siga siendo la tutora? Aceptaré lo que decidáis.

Años después, Carmen despediría a sus alumnos con el corazón ligero. Aún no sabía que Manuel, el chico del pegamento, se convertiría en destacado químico en el Pozo de las Nieves, ni que Lucía, la más sensible, terminaría siendo maestra de infancia, dispuesta a afrontar la vida con valentía.

Todo eso vendría luego.

En la fiesta de graduación, Carmen sacaría el retazo oscuro de su vieja falda, lo agitaría sobre las cabezas y, riendo, diría:

¿La reconocéis? ¡Qué buena falda fue! ¡Suerte en vuestro camino, chicos! Que encontréis lo que buscáis.

Y su hija, bailando en el centro del salón, correría hacia ella para cogerle la mano.

Mamá, ¿puedo quedarme con la tela?

Carmen se la daría, buscaría la mirada de su marido al otro lado del salón y le haría un gesto.

Es la hora.

Saldría entonces del instituto, agradeciendo, una vez más, a la vida.

A la falda rota.

A Juan, que le enseñó a decir basta y abrir el corazón a mejores cosas.

Al amor, que tardó en llegar pero llegó, cuando menos lo esperaba.

Y a su hija, que llevaba en los ojos el mismo azul profundo de la abuela Regina.

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El Agujero
«¿Cuándo encontraré yo a esa mujer?» (humor) Soy una señora temporalmente soltera, y de vecina tengo a Manolo —acaba de reformar el chalet y mudarse. Parece empresario, pero no va de sobrado. Algo más joven que yo; él tendrá unos treinta y cinco y yo ya he cumplido dieciocho… unas cuantas veces. Un día se acerca y me dice: — Doña María del Carmen, ¿me haría el favor, como vecina, de acompañarme a un evento como mi pareja? Le contesto que antes de proponerme eso, le conviene encargar primero los servicios de una funeraria. — ¡No me ha entendido! —se disculpa Manolo—. Es que voy a una fiesta de la alta sociedad y queda mal ir sin acompañante. Entre empresarios es normal ir con una señora guapa. Además, estará mi ex. Que vea, la muy víbora, que soy feliz sin ella y que aquí nadie está de más. Lo de “señora guapa” me gustó. Ponerle los dientes largos a la ex de Manolo también parecía divertido. Pero… — No puede ser, Manolo —le digo—. Mírame, no soy de vuestro establo. Ni piernas largas, ni trasero de silicona. Contrata una profesional del acompañamiento. Ellas saben hasta protocolo y puedes sobarlas sin vergüenza. — Las profesionales no me convencen —responde Manolo—. Se les nota a kilómetros, llevan la tarifa escrita en la frente. Yo quiero una mujer natural, auténtica, a la que nadie conozca. — De autenticidad voy sobrada —le digo—. Pero yo soy de alto standing. ¿Y qué me pongo para esa bacanal? Con mis fachas, solo me dejarían entrar en la cena de los fontaneros. Manolo se hace cargo: vestido, zapatos, manicura, peluquería. ¿Qué remedio? Había que echarle una mano al muchacho. Y nos plantamos por la noche, emperifollados, en aquel garito. El local se llamaba “La Opulencia Azul”. Si nunca habéis ido a un sarao de sociedad, mejor no lo intentéis. Un jaleo y un aburrimiento, como una granja de avestruces en época de inseminación artificial. Ellos de esmoquin, ellas con silicona. Comen poco, beben menos. Fuerzan sonrisa de boca llena de diamantes y no paran de cotillear y alardear. Manolo me señala a su ex: típica modelo pasada de moda, escote hasta el ombligo, boca hinchada a más no poder. ¿Qué le vería? Se hace llamar Selena, aunque seguro que de niña era Soco por el DNI. Los amigos llaman a Manolo para hablar de negocios, él me da un beso en la mejilla y me deja junto a la mesa. Yo, por la cintura, no me corto, y comida hay a mares. Así que me dedico a zampar canapés. Uno en la mano, otro mirando y el tercero ya para dentro. Se empiezan a acercar las cotillas del cotarro y Selena también escucha de cerca. —¿Tú vienes con Manolo? —me aborda una—. Encantada, soy Nika. ¿Tienes agencia, boutique, academia de baile? Y yo, masticando, pienso a qué me dedico. Recuerdo haber vendido una cómoda a una amiga y suelto que me dedico a los muebles. Después caigo en que la cómoda estaba decente, así que matizo que vendo muebles de lujo. —¡Genial! —dice Nika—. Justo quiero renovar muebles en casa. ¿Cómo se llama tu tienda? Pesada la tía. Tiro de imaginación: después de aquella cómoda no he vendido nada… Así que suelto que lo de los muebles ya pasó. —Del mueble, pasé a la ropa de abrigo —contesto. El invierno pasado vendí una estola de perro a otra amiga por cuarenta euros, así que tengo derecho a decirlo. Varias suspiran que necesitan nuevos abrigos y se ofrecen a visitar mi tienda si les doy la dirección. ¿Me están interrogando o qué? Por suerte, recuerdo haber vendido dos ruedas viejas del coche que dejó mi exmarido. Así que salgo del apuro: —Por desgracia, los abrigos tampoco dan para mucho. Ahora vendo recambios de coche: quien necesite inyectores, manguitos, culatas, que me diga. Las señoras se rinden: parece que los manguitos no se llevan en su círculo. —¿Y tú qué antidepresivos tomas? —me ataca Nika—. ¿A qué psicólogo vas? ¡Hoy en día es imposible ganar dinero y no estar medicada! Mi antidepresivo es una copita de coñac cada noche. Psicóloga solo tengo una: mi gata, la señora Kuksa. Le cuento mis penas, te mira, menea el rabo y se va a tirar la tierra de las macetas. Terapia normalita, aunque deja la casa como un cristo. Así que respondo que mi medicina es el “cognacino fresco” y mi psicóloga se llama Kuska Muriel Gataeva. No entendieron nada, pero coló. Por fin se acerca la ex, Selena, a verme de cerca. —Hola, pajarita —me dice—. ¿Eres la nueva conquista de Manolo? Te aviso de buena fe: es terrible. (Acompaña foto de archivo). —Peor que tú no será —respondo. Y me zampo una bandeja de ostras. —Con Manolo es imposible convivir, ya lo verás —me sisea la relamida Selena—. ¡Un tirano! Te atrasas un minuto, bronca. Te gastas cien euros de más, pelea. —Nosotros estamos de maravilla —respondo—. Ni ruido, ni golpes. Llega a casa cuando quiere… y yo también. Notad que ni he mentido. No aclaré que cada uno vive en su casa. —¡Te diré más! —baja la voz Selena—. Tiene un tornillo flojo. Habla solo. Yo le invito a un crucero, a la ópera, lo que sea… y él mirando las estrellas, siempre repite: “¿cuándo encontraré yo a esa mujer?” ¡Como si yo no estuviera a su lado! Yo, ni caso. Todos buscamos algo. —Veo que comilona eres un rato —sigue Selena, venenosa—. Eso también te saldrá caro. Por cada kilo que subía, Manolo me hacía la vida imposible. ¡Y vuelta a gritar: “¿cuándo encontraré yo a esa mujer?”! Le decía: “¿Pero de quién hablas? ¡Si estoy aquí!” Y él mirando a otro lado. —Conmigo no se queja ni del peso, ¿apostamos? —le salto. Y remato otra bandeja de delicatessen. Manolo me hace un gesto animándome desde lejos. Al ver aquello, a la Selena le cambia la cara. —Por el día aún… —sigue—. Pero por las noches, para matarlo. Ronca como un martillo neumático, dan ganas de tirarle al balcón. ¡Y hasta dormido suspira: “¿cuándo encontraré yo a esa mujer?”! Me encogí de hombros, nunca he oído a Manolo gemir de noche; tampoco conté que entre nuestros colchones median cincuenta metros y una verja. Total, que la víbora de Selena no pudo conmigo, por mucho que lo intentara. Yo me lo pasé a pedir de boca: até la tripa, brindé, hasta me di un chapuzón en la cubitera de champán. El vestido nuevo me dio pena, pero sabía que en una semana no me iba a cerrar igual. ¿Para qué lamentarse? Kuksa y el brandy, consuelo tengo. *** —¡María, te agradezco de corazón! —me elogió Manolo al día siguiente—. Naciste para brillar en sociedad. La pandilla de snobs quedó flipando y Selena llena de bilis. ¡Eso es la naturalidad y la gracia castiza! —Encantada de ayudar —le dije—. Pero la próxima vez, sin mí. No estoy hecha para esos ambientes; me pone la moral en órbita. Si fuera tu mujer, ni iría ni te dejaría ir a ti. Me regaló flores y fruta, y se fue, murmurando algo raro: —Dios mío, ¿será ella la mujer que busco? No sé a quién se refería. Pero bueno, si ha encontrado a alguien, me alegro…