¿Para qué ser la cuidadora del abuelo? ¿Qué me darás? ¿Un piso? ¿Un coche? Me preguntó una chica de 24 años cuando le propuse matrimonio. Anatoli, 43.

¿Para qué sería yo la cuidadora del abuelo? ¿Qué me vas a dar, piso? ¿Coche? soltó Lucía, de 24 años, al oír mi propuesta de matrimonio. No intentó suavizar la frase; me miró como si fuera un producto caducado en el estante del supermercado, olvidado antes de la rebaja. En ese instante, después de mucho tiempo, pensé: ¿habrá dado la vuelta el mundo si a los 43 ya te catalogan de abuelito y, sin rodeos, me ponen precio en la cara, sin coqueteo ni juegos?

Tengo 43 años. No estoy casado, sí he tenido relaciones y dos convivencias de dos años cada una, normales, sin tragedias, que simplemente se acabaron adultos que se separan sin dramas. Siempre pensé que eso era un plus: sin pensiones alimenticias, sin ex, sin equipaje, sin comparaciones eternas. Pero, al parecer, en la actualidad eso se ve como una anomalía sospechosa, como si el hecho de no haber estado casado fuera un defecto, un matrimonio encubierto que no pasó la inspección.

Decidí, con sinceridad, que ya era hora. Quiero familia, una mujer a mi lado, bonita, cuidada, joven sí, no voy a engañarme, me gustaría alguien de no más de 28, que sea un placer a la vista y que los amigos, sin disimular la envidia, me pregunten: «¿Dónde la encontraste?». No veo nada de malo en eso; soy hombre, gano, tengo un piso en Madrid, coche, ingresos estables, no bebo, no fumo, me cuido. Creía ser un buen candidato en el mercado.

Resultó que el mercado lleva años jugándose otras reglas y yo, en esa partida, no soy comprador sino mercancía, y una de las menos demandadas.

**Primer encuentro**. Conocí a Martina, de 26, a través de una app. Conversamos una semana; se reía de mis chistes, me llamaba «interesante», «contigo es fácil». Ya imaginaba que sería un encuentro sin ataduras, solo contacto humano. Pero al vernos, la conversación tomó otro rumbo en cuestión de minutos.

Me miró, evaluadora, sin ocultarlo, y en 15 minutos ya me lanzaba:

¿Qué coche tienes?
¿Tienes piso?
¿Cuánto ganas?

En ese momento comprendí que no era una cita, sino una entrevista de trabajo; yo no era el candidato, sino el activo que estaban evaluando para ver su liquidez. Lo curioso era que no mostraba ninguna vergüenza, preguntaba con la misma calma con la que se elige entre té o café.

Yo, intentando equilibrar la balanza, pregunté:

¿Qué buscas tú en una relación?

Sonrió y respondió:

Confort. Que el hombre pueda cubrir mis necesidades.

Y listo, sin rodeos, como una lista de precios.

**Segundo encuentro**. Con Carmen, de 24, una belleza pulcra, la típica imagen de Instagram. Nos reunimos en un restaurante de la Gran Vía; pagué la cena, todo según lo esperado, y la charla llegó al futuro.

Yo dije:

Quiero familia, hijos, una relación estable.

Ella me miró y, con serenidad, contestó:

¿Y qué puedes ofrecer?

Al principio no entendí la pregunta.

¿Cómo?

Quieres a una mujer joven, ¿no? Entonces debes aceptar que ella tiene opciones. ¿Por qué debería elegirte a ti?

Y empezó la charla que volteó mi cabeza del revés.

Eres mayor prosiguió, así que debes compensarlo con recursos: piso, coche, dinero, nivel de vida. ¿De qué sirve lo demás?

Intenté argumentar que no todo se resume a la pasta, que también hay sentimientos, compatibilidad, respeto, pero ella solo encogió los hombros:

Eso es secundario. Lo primero es la base.

Y por fin escuché en mi contra:

¿Para qué sería yo la cuidadora del abuelo?

Lo dijo con la misma neutralidad, sin ira, como un hecho, y añadió:

Si quieres a una joven, ponte a la altura.

Salí de ese encuentro con la sensación de haberme desarmado pieza a pieza y haber sido tasado como cualquier otro producto.

Lo peor no son los casos aislados, sino el sistema.

**Tercera historia**. Con Sara, de 27, la conversación comenzaba con ella tomando la iniciativa, interesándose, flirteando. Pensé que quizá las cosas podrían ser distintas, pero de pronto me envió un mensaje de voz:

Escucha, seamos sinceros. Necesito un hombre que me mantenga. No quiero currar hasta el agotamiento. Si no estás listo, no pierdas ni tu tiempo ni el mío.

Yo pregunté:

¿Y tú qué das a cambio?

Se rió.

Yo? Yo me ofrezco a mí misma.

En ese instante algo se rompió dentro de mí. Yo mismo, como mercancía, como servicio, como paquete todo incluido, pero con pago adelantado. Lo más absurdo es que ellas no perciben nada raro.

No se avergüenzan, no esconden, no juegan; ponen las condiciones desde el primer momento y, si no encajas, te descartan sin emociones, sin penas, como una opción que no cuadra.

¿Y sabes qué es lo más irónico?

Yo culpaba a las mujeres. Pensaba que estaban corruptas, que tenían exigencias imposibles, que solo buscaban dinero. Pero cuanto más salía a esas citas, más escuchaba, más analizaba, más claro resultaba: no es solo culpa suya.

Yo llegué al mercado con la idea de elegir, y terminé siendo el que eligen. Yo quería a una joven, atractiva, cómoda. Ellas quieren a alguien asegurado, estable, rentable. Yo buscaba la belleza; ellas el recurso. Yo quería que alegrara la vista. Ellas querían que cubriera sus necesidades. En esa lógica todo es honesto; solo resulta incómodo.

Porque, de pronto, descubres que no eres único, ni especial, ni el indicado, sino uno más entre muchos que comparan, valoran y descartan.

Lo más doloroso no son los rechazos, sino el momento en que te das cuenta de que te ven no como hombre, sino como oferta, con condiciones, con limitaciones, con fecha de caducidad. Y, sí, quizá llegué tarde.

Tal vez habría sido mejor empezar a formar familia antes, cuando no se veía todo como un trato. Tal vez viví demasiado tiempo bajo la ilusión de que el tiempo estaba de mi lado.

Ahora la realidad es la que hay. Y para conseguir lo que deseas, o bien encajas en el molde, o cambias tus demandas. Yo aún no estoy listo ni para una cosa ni para la otra.

Y, créeme, esa es la revelación más incómoda que he tenido en años.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

one + 11 =

¿Para qué ser la cuidadora del abuelo? ¿Qué me darás? ¿Un piso? ¿Un coche? Me preguntó una chica de 24 años cuando le propuse matrimonio. Anatoli, 43.
LA FAMILIA