Al perro lo temían y evitaban. Hasta que una niña se le acercó.

A veces la vida te da sorpresas que luego piensas: no puede ser que todo haya sido así. Pero fue así.

En el patio de un edificio de nueve plantas de la Calle Mayor apareció una perra. Grande, rojiza con manchas negras. Una oreja desgarrada, la pata trasera arrastrándose.

La gente se asustó al instante. Claro — un animal enorme y además herido. Y los animales heridos, como se sabe, son los más peligrosos. Así lo creían los vecinos.

—Hay que llamar al servicio —decía doña Rosario, del primero, ajustándose las gafas—. Que va a morder a alguien.

—Exacto —secundaba don Manuel del cuarto—. Hay niños por todo el patio.

Y todos empezaron a esquivar a la perra. Como si no estuviera tumbada tranquilamente junto al portal, sino gruñendo y atacando. Pero ella solo yacía. Y temblaba. Incluso bajo el sol de octubre temblaba.

Jimena vio a la perra el primer día. La niña, en general, notaba aquello que los adultos pasaban por alto sin mirar. Quizás porque ella misma se sentía a menudo invisible. Desde que murió su padre, el mundo se había vuelto distinto. Gris, tal vez.

—Mamá, ¿qué le pasa a la perra? —preguntó cuando volvían del supermercado.

—¿Qué perra? —Pilar ni siquiera miró hacia el portal.

—Esa de ahí. ¿Le duele la pata?

Por fin la madre la vio. Y enseguida cogió a su hija con más fuerza.

—No te acerques, Jimena. Puede estar enferma. O ser agresiva.

—Pero no es agresiva —dijo la niña en voz baja—. Está triste.

Los adultos, por alguna razón, no saben distinguir la tristeza de la agresividad. Sobre todo en los animales. Jimena lo había notado hacía tiempo.

Pasaron los días. La perra no molestaba a nadie. Se tumbaba junto a la pared, a veces intentaba levantarse —cojeaba hacia los contenedores de basura, buscaba algo. No encontraba nada, volvía. Y se echaba otra vez.

Pero los vecinos seguían hablando.

—Pronto llegará el frío, y ella aquí.

—Ayer pasaron unos niños corriendo y ella levantó la cabeza. Se asustaron.

—¡Y eso que solo la cabeza! Es enorme.

Jimena miraba por la ventana cada día. Tercer piso —se veía todo perfectamente.

—Mamá, ¿por qué nadie la ayuda?

—Porque no es asunto nuestro, hija.

Pero Jimena pensaba que los problemas son cuando no tienes dinero para unas botas nuevas o te duele una muela. Pero esto era alguien muriéndose delante de todos. Y todos fingían no verlo.

El sábado por la mañana la niña se despertó temprano. Se asomó a la ventana: la perra yacía, pero de forma extraña. De lado. Y no se movía en absoluto.

—¡Mamá! —Jimena corrió a la cocina—. Allí la perra, está…

—¿Qué le pasa?

—Creo que se encuentra muy mal.

Pilar se acercó a la ventana. Miró. Efectivamente, algo no iba bien.

—Seguro que está enferma —suspiró la madre—. Pobre animal.

—¡Pues ayudémosla!

—Jimena, no podemos.

—¿Por qué no podemos?

Sí, ¿por qué? Pilar tampoco lo sabía. Simplemente no se podía, y ya. Ellas tenían bastantes preocupaciones propias.

Pero a mediodía la perra intentó levantarse. Y cayó. Cayó de lado. Así se quedó. Solo respiraba con dificultad —se veían los costados subir y bajar.

Jimena lo vio.

Se puso la chaqueta. Cogió un poco de salchichón de la nevera. La madre estaba en la ducha.

En el patio, la perra yacía con los ojos cerrados. De cerca parecía aún más grande. Y no daba nada de miedo. Simplemente estaba rendida, hasta la muerte.

—Hola —dijo Jimena en voz baja—. ¿Qué tal?

La perra abrió los ojos. Miró a la niña. Y en esa mirada había tanta sorpresa… como si pensara que la gente había olvidado cómo hablar con los animales.

—Te he traído salchichón. ¿Quieres?

Jimena alargó la mano con la comida. La perra olió, pero no comió. Solo lamió los dedos de la niña. La lengua estaba caliente.

—Estás enferma, ¿verdad? —Jimena acarició con cuidado la cabeza rojiza—. Y todos te tienen miedo. Creen que eres agresiva. Pero no lo eres.

Entonces la perra hizo algo increíble. Apoyó la cabeza en las rodillas de Jimena. Una cabeza grande y pesada. Y cerró los ojos.

—¡Jimena! ¡Jimena, aléjate ahora mismo!

La madre cruzaba el patio a la carrera, agitando los brazos. El pelo mojado, la bata abierta —había salido directamente de la ducha.

—¿Te has vuelto loca? ¡Puede morderte!

—Mamá, no muerde. Mira, está enferma.

Pilar se detuvo a tres pasos. Miraba a su hija sentada junto a la enorme perra, acariciándole la cabeza. Y la perra yacía completamente tranquila.

—Mamá, ¿te acuerdas de lo que contabas de papá? Que de pequeño traía a casa todos los gatos callejeros.

Pilar lo recordaba. Su suegro se lo había contado: Sergio era así. Bondadoso hasta lo imposible.

—Y decías que lo peor es pasar de largo ante el dolor ajeno.

¿Cuándo había dicho eso? Ah, sí. Después del entierro. Cuando Jimena preguntaba por qué su padre iba al hospital a leerles cuentos a ancianos desconocidos.

—Mamá, ¿no pasemos de largo?

Pilar miró a su hija. Y de repente vio en ella a Sergio. A aquel chico que traía gatos a casa. Que nunca podía ignorar el sufrimiento ajeno.

—Levántate despacio —dijo—. Con cuidado.

Pero la perra pareció entender. Ella misma levantó la cabeza, liberó a la niña. Miró a Pilar con una mirada… como si dijera: «No le haré nada malo. Palabra».

—No come —dijo Jimena—. Seguro que está muy enferma.

Pilar se acercó. Se agachó junto a ella. La perra no gruñó, no enseñó los dientes. Solo miraba. Con ojos inteligentes y tristes.

—¿Te duele la pata? —preguntó Pilar, y se sorprendió de estar hablando con el animal como con un niño.

La perra asintió, o así lo pareció.

—Vale —suspiró la madre—. Vamos a llamar.

El veterinario, don García, llegó media hora después.

—Fractura. Antigua, mal soldada. Pero reparable —dijo mientras examinaba la pata—. Es de raza. Pastora alemana. Seguro que se perdió.

—¿Y qué será de ella? —preguntó Jimena.

—Bueno, si nadie la recoge…

—Nosotras la recogemos.

Pilar miró a su hija. A la perra. Al pañuelo rojo que le habían puesto en la pata.

¿Cuándo se había vuelto tan mayor su niña pequeña?

Un mes después.

Lola (así la llamó Jimena) dormía en la alfombra junto a la cama de la niña. La pata había sanado. El pelaje brillaba.

—Mamá —dijo la niña antes de dormir—. ¿Por qué todos le tenían miedo? Si es buena.

Pilar acarició el pelo de su hija.

—Sabes. A veces la gente tiene miedo de mostrar bondad. ¿Y si no la entienden? ¿Y si la juzgan?

—Qué tontería.

—Sí. Una tontería.

Después de comer, Pilar se quedó mirando por la ventana.

Abajo, en el patio, Jimena jugaba con Lola. La perra revolvía a la niña con cuidado, con cariño. Y la niña reía.

Aquel día su hija le enseñó a no tener miedo.

A no tener miedo de la bondad.

A no tener miedo de tender la mano a quien lo necesita.

Y en el patio resonaban las risas.

Y los ladridos de una perra grande y buena que por fin había encontrado un hogar.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

2 + 14 =

Al perro lo temían y evitaban. Hasta que una niña se le acercó.
Un hombre mayor debe sacrificar a su perro por no poder costear el tratamiento: la emotiva decisión …