Carmen no vivía. Sobrevivía.
Setenta y dos años, un piso en las afueras de Madrid, una pensión que para el día veinte ya no daba ni para pipas. Y un silencio que pesaba.
Hacía seis meses que Pepe se había ido. No a otra mujer, se había ido del todo. En silencio, mientras dormía, sin siquiera un quejido. Carmen se despertó por la mañana y él ya estaba frío. Su mano descansaba al borde de la cama, como si hubiera querido alcanzarla y no le hubiera dado tiempo.
Su hija Marta vino desde Barcelona para el entierro, estuvo tres días, dejó pastillas para la tensión en la nevera y se fue con un «Mamá, llama si pasa algo». Carmen no llamaba. Marta llamaba. Cada dos semanas, como un reloj.
—Mamá, ¿cómo estás?
—Bien.
—Pues me alegro. Un beso.
Eso era todo. Toda la conversación. Todo el vínculo. Todo el sentido.
Carmen iba al súper. A la farmacia. A veces al centro de salud, donde le tomaban la tensión y le decían «no se agobie». No se agobiaba. Es que no sentía nada. Como un mueble. Como aquel armario del recibidor que Pepe siempre decía que iba a tirar y nunca tiró.
Aquel día, un martes de noviembre, con el cielo gris y una llovizna fina, Carmen volvía del médico. La tensión se le había disparado otra vez. La doctora negó con la cabeza, le recetó otro papel. Carmen metió la receta en el bolsillo sin mirarla siquiera.
Junto a los contenedores de basura algo se movió.
Una gata. Flaca, tricolor, con una oreja rota. Sentada en el asfalto mojado, mirando a Carmen. No con lástima, no con súplica. Más bien con aire… evaluador. Como calculando: ¿esta sirve o no?
Carmen pasó de largo.
La gata se levantó y la siguió. Sin maullar, sin adelantarse, a tres pasos de distancia, como una sombra.
Carmen se giró en la puerta del portal.
—Déjame en paz.
La gata se sentó. Parpadeó. Y se quedó.
Carmen subió al tercero, cerró la puerta, puso el hervidor. Se asomó a la ventana: abajo, en el banco del portal, estaba la gata.
Una gata chalada, vaya.
A la mañana siguiente, Carmen abrió la puerta y casi se cae. En el felpudo, hecha un ovillo, dormía la misma gata. Cómo había llegado al tercero, un misterio. Pero yacía allí como si ese fuera su sitio.
—¿Y qué hago yo contigo? —preguntó Carmen.
La gata abrió un ojo. Y lo volvió a cerrar.
Como si la respuesta fuera obvia.
Carmen no la dejó entrar. Bueno, eso creía ella.
Salió un plato con leche. Dejó la puerta entreabierta porque hacía bochorno, noviembre y los radiadores echaban fuego. Y la gata entró.
Carmen se quedó en el pasillo viendo cómo la muy fresca olisqueaba el recibidor. Luego la cocina. Luego el salón. Y de repente se paró.
El sillón de Pepe. Viejo, hundido, con los brazos desgastados. Ese en el que él se sentaba cada noche, daba al mando y decía: «Carmen, mira lo que hacen estos». Carmen llevaba seis meses rodeándolo. No podía sentarse, no podía tirarlo. Estaba como un monumento. Como un agujero en la habitación.
La gata saltó. Dio vueltas sobre el hundimiento y se tumbó. Se enroscó, se tapó el morro con el rabo.
Y se puso a ronronear.
A Carmen le temblaron los labios. Quiso gritar: «¡Fuera de ahí!», pero la garganta se le cerró y en lugar de un grito salió un resuello raro. Se sentó en el sofá y se quedó mirando cómo la gata dormía en el sillón de su marido.
—Una noche —dijo Carmen con voz ronca—. Mañana te echo.
Mañana no la echó. Ni pasado. La gata se quedó.
La llamó Luna.
—Luna, ven a comer —decía Carmen, poniéndole un plato en el suelo.
Luna comía. Y miraba a Carmen desde abajo con esa misma mirada. Evaluadora. Tranquila. La mirada de quien sabe algo que tú todavía no has entendido.
A la semana, Carmen compró pienso. El más barato, en un paquete amarillo, en oferta. En la tienda de animales se sintió idiota. La dependienta, una chica de veinte años con uñas rosas, le preguntó:
—¿De qué raza es?
—Callejera. Se me pegó —refunfuñó Carmen, y se fue sin despedirse.
Luego compró una bandeja. Luego un cuenco. De cerámica, porque del plato Luna siempre derramaba. Luego un rascador de diez euros, porque la gata empezó a arañar el sofá, y el sofá era lo único que Carmen tenía en condiciones decentes.
«Temporal —se repetía—. Todo esto es temporal».
Pero la vida ya estaba cambiando. Sin hacer ruido, a escondidas, como el agua que erosiona la piedra.
Antes Carmen se despertaba a las nueve, se quedaba mirando el techo. Ahora, a las siete y media Luna se sentaba junto a la almohada, la miraba fijo y callaba. No maullaba. Solo esperaba. Y de esa espera silenciosa era imposible no levantarse.
Carmen se levantaba. Iba a la cocina. Le echaba el pienso. Ponía el hervidor. Y de repente se descubría llevando diez minutos en la ventana, mirando el patio. Porque sí. Sin pensar en la tensión, sin pensar en la pensión, sin pensar en Pepe.
Las tardes se volvieron más curiosas. Antes Carmen encendía la tele, no para verla, sino para que no hubiera ese silencio de muerto. Las voces del aparato llenaban el vacío y parecía que no estaba sola. Ahora Luna se tumbaba a su lado en el sofá, pegada al muslo, y ronroneaba. Bajito, constante, como un motorcillo. Y Carmen, por primera vez en seis meses, apagó la tele.
El silencio ya no daba miedo. El silencio con ronroneo era otro silencio.
Se sorprendió hablando con la gata. No con voz de bebé, no, Carmen nunca supo hablar así, ni siquiera con Marta de pequeña. Hablaba normal. Como con una persona.
—Otra vez la tensión a ciento sesenta. La doctora, la tal López, me mira como si ya estuviera tiesa. Pues a lo mejor aún me quedan años. Para fastidiar, vivo.
Luna parpadeaba.
—Ha llamado Marta. Otra vez con su «Mamá, ¿cómo estás?». ¿Cómo voy a estar? Pues… antes mal, ahora no sé.
La gata se frotaba la cabeza contra su mano. Y Carmen se callaba porque la garganta se le volvía a apretar.
La vecina, doña Pilar, pasó a tomar un café, vio a Luna y dio una palmada:
—¡Carmen! Si decías que ni en pintura.
—Y lo sigo diciendo. Es temporal.
—Sí, temporal —rió doña Pilar, viendo cómo la gata se enredaba entre las piernas de Carmen—. Tienes pienso en tres sitios, cuenco de cerámica y rascador. Muy temporal.
Carmen se giró a la ventana para que doña Pilar no la viera sonreír. Primera vez en seis meses.
Luego llamó Marta. Carmen, sin saber por qué, le contó lo de la gata. Se le escapó. A lo mejor quería compartir algo, por primera vez en mucho tiempo tenía algo que compartir.
—¿Has recogido una gata? —repitió Marta—. Bueno, al menos te entretienes, mamá.
Te entretienes.
Carmen colgó y sintió rabia. Rabia de verdad, caliente, viva. No pena —la pena era vieja, de algodón, sin forma—, rabia. Esa que te dan ganas de dar un puñetazo en la mesa y decir: «¡¿Pero tú te enteras?!».
En diciembre todo se torció.
Luna empezó a comer menos. Al principio Carmen no se dio cuenta —bueno, no se lo acaba, pasa—. Luego no probó bocado. El cuenco estaba lleno de la mañana a la noche, y el pienso se secaba formando una costra marrón. Luna se quedaba en el sillón de Pepe sin moverse. Solo respiraba: rápido, superficial, como si le faltara el aire.
—Oye —Carmen se agachó, miró a la gata a los ojos—. ¿Qué te pasa?
Luna parpadeó. Y giró la cabeza hacia la pared.
A Carmen se le rompió algo dentro.
Nunca había ido al veterinario. Pepe tuvo un perro de pequeño, pero Carmen no, ni una vez, nunca entendió a la gente que llevaba a los animales al médico, que gastaban dinero y nervios. «Si para los humanos no da», decía antes. Hacía muy poco que lo decía.
Y ahora estaba en el recibidor con un transportín en las manos. Lo había comprado ayer. Quince euros en una liquidación, de plástico, con la rejilla un poco despegada. Metió a Luna dentro, y la gata no opuso resistencia. Eso fue lo peor. Antes se habría arañado, retorcido, bufado, pero ahí estaba como un trapo, mirando.
La clínica veterinaria «San Antón», en el barrio de la Latina. Pequeña, apretada, olía a medicamentos y a pelo mojado. Carmen se sentó en una silla de plástico, apretando el transportín contra las rodillas, sintiéndose fuera de lugar. A su alrededor, clientes jóvenes con perros de raza, con gatos de pelo largo en bolsos caros. Y ella, una jubilada con un abrigo viejo, un transportín desvencijado y dentro una gata callejera de oreja rota.
El veterinario era joven. Un crío de treinta años, gafas, bata azul. Se llamaba Santiago, pero él mismo dijo: «Llámeme Santi». Examinó a Luna, le palpó el vientre y se calló. Se le cambió la cara.
—¿Qué? —preguntó Carmen.
—Habrá que hacerle una ecografía.
La hizo. Pasó el aparato largo rato, cliqueó el ratón, frunció el ceño. Luego se volvió hacia Carmen y habló con cuidado, como se habla a quien da pena:
—Tiene una masa en la cavidad abdominal. Hay que operar. Si no, dos o tres meses, quizá un poco más.
—¿Cuánto cuesta? —preguntó Carmen.
—Trescientos euros, con anestesia y postoperatorio.
Carmen asintió, cogió el transportín y se fue.
Trescientos euros. Su pensión entera. Sin un céntimo de sobra.
Se sentó en un banco frente a la clínica. Diciembre, un frío que calaba, los dedos helados. Luna dentro, callada, quieta, solo los ojos brillando a través de la rejilla. Mirando. Sin pedir, sin quejarse, solo mirando.
Carmen sacó el móvil y llamó a Marta. Un tono, dos, tres.
—Mamá, estoy currando, dime rápido.
—Marta, necesito ayuda. La gata necesita una operación. Trescientos euros.
Silencio. Luego un suspiro. Y una voz que heló más que el viento de diciembre:
—Mamá, ¿en serio? ¿Trescientos euros para una gata callejera?
—No es callejera. Es mía.
—Mamá. Es una gata. Solo una gata. Si se muere, coges otra. Hay un montón en la calle.
Carmen cerró los ojos. De repente vio claro, como una foto, a Pepe en su sillón cambiando canales y diciéndole: «Carmen, eres la persona más cabezota que conozco. Si te empeñas, tiras montañas». Lo decía tantas veces que ella se enfadaba. Ahora daría cualquier cosa por oírlo otra vez.
—¿Mamá? ¿Me oyes?
—Te oigo —dijo Carmen—. Gracias, Marta.
Y colgó.
Tres días pensó. Tres días son mucho tiempo cuando alguien a tu lado se está muriendo.
Luna estaba en el sillón, derritiéndose como una vela. Comía una cucharadita. Bebía poco. Había dejado de ronronear. Carmen se sentaba en el suelo, sobre una manta vieja, y le acariciaba la cabeza con la punta de los dedos.
—Dije que eras mía. Lo eres.
Al cuarto día, Carmen se levantó a las seis de la mañana. Se vistió. Fue a la oficina de Correos a cobrar la pensión. Tres señoras mayores delante, todas con sus papeles, todas lentas, todas eternas.
Los billetes en el bolsillo del abrigo. Carmen caminó apretando la mano contra el costado, como si llevara algo frágil. En cierto modo, era así.
En la clínica puso el dinero sobre el mostrador. Le temblaban las manos —de frío o de miedo, no lo sabía.
—He traído a la gata para la operación.
Santiago miró el dinero, luego a Carmen, luego otra vez el dinero. Asintió. No dijo nada de más. Solo:
—Pronóstico bueno. Si aguanta la anestesia, todo irá bien.
Si.
Carmen se sentó en el pasillo. Silla de plástico, pared blanca, olor a antiséptico.
Intentó recordar la última vez que esperó así. Se acordó. Veinte años atrás, en el hospital. Marta daba a luz. Carmen esperaba en el pasillo, igual, en una silla, apretando un bolso contra el pecho. Aquello acabó bien. Un niño lloró y el mundo cambió.
Se abrió la puerta. Salió una auxiliar, joven, con uniforme verde y los ojos cansados.
—¿Es usted la dueña de la tricolor?
—Sí —dijo Carmen, levantándose. Se le habían dormido las piernas, las rodillas crujieron.
—Bien. La operación ha ido bien. Su gata es una luchadora.
Carmen asintió. No pudo hablar, la garganta atenazada. Asintió una y otra vez, y la auxiliar le tocó el brazo:
—Oiga, ¿se encuentra bien?
—Sí. Sí. Estoy bien.
Sacaron a Luna envuelta en pañales, medio dormida, con la barriguita rapada y un hilo de puntos fino. Carmen cogió el transportín con las dos manos, lo apretó contra el pecho y salió.
En casa, por primera vez, puso a la gata en su cama. En la mitad donde antes dormía Pepe. Luna yacía de lado, respirando tranquila, y los puntos rosaban finos en su vientre. Carmen se tumbó a su lado, puso la mano sobre el costado caliente de la gata y susurró:
—Eres mía.
Luna se recuperó despacio. El primer día no se movió, comía gota a gota, miraba con ojos nublados. Luego empezó a levantar la cabeza. Y a la semana llegó sola al cuenco y se lo comió todo. Carmen, en la puerta de la cocina, veía cómo la gata lamía el fondo de cerámica y pensaba: esto es la felicidad. Una felicidad tonta, de cuatro patas.
En febrero, Luna ya era la de antes. Corría por la casa como una loca, tiraba el salero, afilaba las uñas en el rascador y acto seguido en el sofá, porque es su carácter. Carmen reñía, agitaba el trapo, gritaba: «¡Pero qué bicho!».
Ella misma vivía casi a base de arroz y patatas. Doña Pilar le traía cada dos días un tupper de cocido o una bolsa de manzanas: «Me sobra, llévatelo». Carmen sabía que no sobraba nada, que doña Pilar también contaba los céntimos. Pero lo aceptaba. Porque el orgullo está bien, pero hay que comer.
A finales de febrero llamó Marta.
—Mamá, mira la cuenta. Te he ingresado. Trescientos euros.
Carmen se calló. Luego:
—¿Por qué?
—Por lo de siempre. —Pausa larga, pesada—. Te gastaste la pensión entera en la gata y no me dijiste. Me llamó doña Pilar.
—Doña Pilar… —Carmen cerró los ojos.
—Mamá, no debería enterarme de estas cosas por la vecina.
Carmen callaba. No por enfado, sino porque no encontraba entre mil palabras una que fuera la correcta. Al final eligió la más sencilla:
—Ven a verme, Marta. Porque sí. Ven.
Silencio. Un segundo, dos.
—Voy, mamá. El sábado.
Carmen colgó. Se quedó quieta. Luego se dejó caer en el sillón de Pepe, por primera vez desde que él faltaba. Sin más. Y no pasó nada. Solo que el hundimiento le quedaba un poco grande.
Luna saltó a su regazo, le dio un cabezazo en la mano y se puso a ronronear, tan fuerte que la vibración se le metía dentro.
Fuera nevaba. Carmen se quedó mirando. No porque antes no hubiera nevado. Sino porque antes no se fijaba.







