Debilucho y SuperteckelDebilucho, temblando ante el enorme perro callejero, sintió de repente un tirón en la pierna y vio a Superteckel, con su pequeño cuerpo alargado, gruñir ferozmente y poner en fuga al agresor con una sola dentellada.

Cleopatra no se siente culpable. Bueno, una vez no se contiene, sale disparada tras un gato, tira de la correa más de lo debido, y la dueña cae. Pero Reina no lo hace con maldad – son los instintos…

La vida no deja de darle collejas a Santiago: «No te metas, aquí no tienes sitio, apártate». Santiago se aparta. La vida tiene razón, mejor no sobresalir – más sano. La naturaleza se ensañó con él: pequeño, flacucho, débil.

Por eso en el colegio lo llaman «pelele» y a veces le dan sopapos para que aprenda. Amigos casi no tiene, solo uno: Pablo.

«Ya creceré – piensa entonces Santiago – y todo esto se acabará. Los adultos son sensatos. No ponen motes idiotas ni sueltan bofetadas sin razón».

Vaya si se equivoca…

***

Con los sopapos en la vida adulta la cosa va mejor. No está bien visto repartirlos a diestro y siniestro. Pero con los motes…

Cómo no llaman a Santiago. «Esmirriado», «chinche», «alevín», «ratoncito». Claro, se ofende, pero el problema es que no sabe responder. Porque a su escasa estatura se suma una timidez descomunal.

Ay, cómo le estorba esa timidez. Más que su físico vulgar. Las relaciones nuevas no cuajan. Solo se relaciona con su amigo de la infancia Pablo, y con su madre mientras vive.

Pasan los años, Santiago trabaja de almacenero en un supermercado y ni sueña con el amor, aunque el equipo está formado casi solo por mujeres.

Pero ellas lo miran como a un «hijo del regimiento». Lo protegen, lo cuidan, le dan tupper con comida casera. Claro, es «pobrecito, pequeñito».

Además, al llegar a los cuarenta se queda huérfano. Así que lo compadecen las buenas mujeres…

Así hasta el día en que conoce a María. María es mujer con mayúsculas. Imposible no notarla.

En ella se juntan su alta estatura, sus curvas generosas y su vozarrón. ¡Es espléndida!

Santiago se enamora perdidamente. No se atreve ni a acercarse. ¿Qué es él para ella? Una pulga, una polilla blanquecina, una molécula. Pero la vida tiene un humor peculiar. Y guiándose por él, decide juntar al pequeño y tímido pelele con la enorme y sonora María.

Para ello elige un método manido pero eficaz. Cuántos casos hay de socorrista enamorado de socorrido. ¡Muchos! Pues a María le toca salvar a Santiago una vez…

Ocurre así. Santiago hace cola en la caja. Tras ella está sentada la magnífica María. Santiago palidece, se sonroja, se pone nervioso, cambia de mano el tetrabrik de leche.

De repente aparecen dos gamberros con un par de botellas de alcohol, empujan con el hombro al frágil Santiago:

—Tú vas detrás de nosotros, tito. Tenemos prisa – suelta uno.

Cualquier otro día Santiago los dejaría pasar sin rechistar, pero hoy no. ¡Porque María lo está mirando!

—Venga, tíos, hagan cola. Yo también tengo prisa – pía él.

—No te pongas farruco. Hemos dicho que vas detrás, pues detrás – uno ya pone su botella en la cinta.

El segundo, para dar más énfasis, se gira y empuja un poco a Santiago en el pecho:

—Mantén la distancia, tito.

Santiago se pone rojo, abre la boca, pero le ganan por mano:

—¡Por orden de llegada! – truena María desde la caja. – Y ustedes, jóvenes, ¿me enseñan el carné? ¡A lo mejor no puedo venderles alcohol!

Los agresores de Santiago se ponen nerviosos:

—Venga ya, tenemos un montón de hijos esperando en casa, y usted pidiendo papeles – intenta bromear uno.

—Oigan, «padres novatos», no me tomen el pelo. O demuestran que son mayores de edad, o se largan a casa con papá y mamá – ordena María.

Tras ella, el aburrido guardia de seguridad, el señor Fernández, ya se ha espabilado. Así que los «padres novatos», refunfuñando, prefieren largarse.

—¡Qué descaro el de estos críos! – dice María con enfado.

Luego mira a Santiago y, ya con dulzura, añade:

—Venga, San, te cobro. Así no te quedas sin comer. Y necesitas alimentarte, andas muy flacucho. Hasta los gamberros te atacan.

—Gracias… – musita Santiago.

Quiere hundirse en el suelo.

«Ya está, ahora ni la más remota esperanza de que María se fije en mí. Menuda vergüenza. Me he asustado de unos chavales. Aunque yo no sabía que eran chavales, ¡mira que son grandotes!» – se lamenta.

Pero resulta justo lo contrario.

Desde ese día, María cambia de actitud. Le sonríe, coquetea, le lleva la comida de casa. Las otras mujeres del super se apartan. Santiago no imagina qué ha hecho María para conseguirlo. Solo oye una vez cuchicheos:

—El ratoncito es ahora el trofeo de María.

—Bueno, que así sea. Igual se lo lleva al altar, y luego lo engorda bien.

El título de trofeo no disgusta demasiado a Santiago:

«Entonces le importo – decide –. Me valora. Y de ahí a quererme solo hay un paso. De momento con que yo la quiera basta. Para los dos alcanza».

Ese pensamiento lo impulsa a actuar. Y pisando el cuello de su timidez, al fin invita a María a salir.

Ella acepta. Palabra va, palabra viene, cita tras cita – surge un romance, y después se casan…

Pero la vida en pareja decepciona a Santiago. María se nombra enseguida cabeza de familia. Y no estaría mal, si no fuera porque ella entiende ese cargo de forma muy peculiar.

En su idea, el cabeza de familia no solo debe decidir y controlar, sino que tiene pleno derecho a educar y castigar.

Ay, cuántas veces le cae a Santiago por la mínima falta. La lámpara mal colocada, el suelo mal fregado, el plato sin lavar…

Santiago aguanta. A pesar de todo, ama a su salvadora María. Y desea que también lo quieran a él. Espera que todo pueda ser diferente. Que se acoplen y vivan en armonía.

Las ilusiones, como los restos de amor, se las desvanece un solo sopapo.

—¡Inútil, pelele, esmirriado! – le grita María aquella noche. – ¿Eres capaz de hacer algo bien? ¿Te callas? ¡Pues mal! ¡Dime dónde encuentro yo otra taza como esta!

Era de mi abuela, antigua, mi favorita. ¡Tienes manos de trapo, ni lavar los platos sabes! Ay, me falta paciencia contigo…

Santiago no alcanza a responder. Cuando a María se le acaban las palabras, pasa a los hechos. Tiene mano dura.

Pero en cuanto a Santiago se le aclara la cabeza, comprende: «¡Hora de marcharme! ¡De sopapos ya tuve bastante en la infancia!»

Entre broncas y gritos se divorcian. Santiago vuelve a desengañarse de la gente y se jura no enamorarse jamás…

A Reina la vida también la golpea. Y sin merecerlo. Es una preciosidad: negra, larga, grande. ¡Doce kilos de felicidad!

Pero por alguna razón a nadie le hace falta tanta felicidad. Por eso Reina va de mano en mano…

Al primer dueño no le gusta su aspecto:

—Esto es un teckel pasado de rosca, o un superteckel. Vamos, que no es conforme. No vale. Nunca soñé con tener un mestizo.

Y la endosa rápido a un amigo.

—¿Qué raza es esta? ¿Un teckel gigante? – bromea el otro. – ¡Menuda pieza! Seguro que su madre se lió con un basset. ¡Y vaya voz! Perfecto, vigilará la casa de campo.

Pero vigilar no se le da bien. Sí, tiene voz grave, imponente. Pero Reina ladra no cuando ve enemigos potenciales, sino cuando le viene en gana.

—Perra inútil – la riñen. – ¡Ladradora! Comes mucho, no sabes guardar. Y además pisoteas las flores y destrozas el césped. Hay que buscarte otro dueño.

Con esfuerzo, aparece un nuevo dueño. Más bien, dueña. Una señora mayor, agradable en todo, pero muy torpe. Reina se jura ser buena perra. Pero no lo consigue…

Reina, la verdad, no se siente culpable. Bueno, una vez no se contiene, sale disparada tras un gato, tira de la correa más de lo debido, y la dueña cae.

Pero Reina no lo hace con maldad – son los instintos. Y la dueña solo se lleva un susto, gracias a Dios. ¿Es motivo para separarse? La gente es incomprensible.

—¡No puedo con ella! – se queja la dueña caída por teléfono. – Me va la vida en ello. Colócala en algún sitio. O la soltaré a la calle.

Y el interlocutor, al parecer, se esfuerza. Reina encuentra una familia. Una familia de verdad: hombre, mujer y un niño.

—Reina, no molestes a Andresito – ordena el dueño. – O te vas a enterar.

Reina no piensa molestar al pequeño. Pero él tiene otros planes:

—Serás mi caballo – declara Andresito, de cuatro años, e intenta montarla.

Reina se zafa y gruñe. Es grande, pero de caballo no tiene nada.

Andrés se enfada y llora. La dueña se enfurece y grita. El dueño echa mano al cinturón. Reina se esconde. Entonces el dueño se pone rojo, chilla y amenaza con llevarla a la perrera…

No se sabe cómo acabaría, pero un día viene un amigo del dueño. Reina sale de debajo de la cama para ver quién llega.

El amigo del dueño resulta un hombre pequeño y flacucho llamado Santiago.

«Vaya pinta de desmedrado – piensa Reina. – El mío es mucho más grande. Seguro que este tío también es un producto defectuoso, como yo».

—Hola, Pablo, cuánto tiempo – Santiago abraza al dueño de Reina. – Veo que tienes nuevo inquilino. ¿Te has comprado un perro? Yo por fin me he divorciado.

—Enhorabuena, ya era hora. Y yo quiero «divorciarme» de esta perra. Cien veces me he arrepentido de haberla cogido – suspira Pablo. – Es maleducada, gruñona, le gruñe a Andrés, y si la riño se esconde debajo de la cama. En fin, pienso darla.

—¿Y eso? No hace falta darla – Santiago mira a Reina con compasión. – ¿Dices que es maleducada? Y tú, ¿la has educado? Reñir y castigar no es educar.

Habría que llevarla a un adiestrador. Yo no soy perrero… pero a mí también intentaron reeducarme a gritos y sopapos – y no funcionó.

—¿Qué adiestrador, Santi? ¡No tengo tiempo ni para mi familia, trabajo como un burro! Mi mujer tampoco tiene tiempo…

Oye, ya que eres tan listo, ¿por qué no te llevas a Reina? – propone Pablo. – Ahora estás solo y libre. Edúcala cuanto quieras. ¿Qué te parece? Buena idea. Todos contentos: nosotros, Reina, y tú.

—Yo me la llevaría, pero no sé si querrá. Seguro que está acostumbrada a vosotros – Santiago mira a Reina con duda.

«Este me cae bien – piensa ella. – Habla con sensatez, no tiene niños, según he entendido, y él mismo es atípico. ¡Me entenderá antes que otros! Tengo que mostrar que estoy de acuerdo».

Y mueve la cola un par de veces.

—Mira, no se opone – se alegra Pablo. – Esperemos que puedas con ella. Y quién sabe, igual en algún parque para perros encuentras tu media naranja.

—Eso no, ya me harté – Santiago niega con la mano.

Esa noche, él y Reina se van a casa juntos…

Resulta que lidiar con Reina es mucho más fácil que con su ex mujer. No es rebelde, no grita por tonterías y, desde luego, no levanta la mano.

Si no entiende a la primera, entiende a la segunda. Además, Reina lo quiere. Es para ella todo: amigo, dueño, el mundo entero.

Van juntos a la escuela canina, pasean por el parque, aprenden, juegan, se comunican. Y Santiago está feliz de que el destino aquella noche lo empujara a visitar a su amigo del colegio.

«Los perros son sin duda mejores que las personas – piensa Santiago. – Reina lo demuestra. Inteligente, guapa, obediente. Bueno, quizá no del todo obediente, pero eso se arregla».

Sin embargo, no piensa así por mucho tiempo. Descubre que también entre las personas hay ejemplares magníficos: bondadosos, sensibles, atentos.

Solo que antes Santiago no sabía dónde encontrarlos. Y ahora descubre que en los parques para perros hay montones. A muchos los conoce gracias a Reina. Con algunos traba amistad.

Y, quién sabe, tal vez llegue el día en que se enamore de alguna dueña de spitz o de dogo. Desde luego, no ahora mismo. Pero Santiago no lo descarta.

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Debilucho y SuperteckelDebilucho, temblando ante el enorme perro callejero, sintió de repente un tirón en la pierna y vio a Superteckel, con su pequeño cuerpo alargado, gruñir ferozmente y poner en fuga al agresor con una sola dentellada.
Me casé apenas tres meses después de terminar el bachillerato. Apenas tenía 18 años, aún con el uniforme sin guardar en el armario y la cabeza llena de ilusiones.