El enigma de la naturalezaLos científicos descubrieron que el misterioso bosque de robles centenarios ocultaba un ecosistema jamás documentado.

Se casaron en mayo, cuando florecían las lilas. Carmen y Javier eran la pareja perfecta: altos, esbeltos, con el mismo color de ojos. En la boda, los invitados brindaban y les auguraban «gemelos en un año». Carmen se ajustaba el velo y sonreía con timidez, apoyándose en el hombro de su marido. Ya imaginaba la habitación con sonajeros, el cochecito en el recibidor y los calcetines diminutos.

Pasó un año. Carmen dejó de tomar café por las mañanas, cuidaba su alimentación. Javier comprendía sus manías. Empezó a llevar flores a casa más a menudo, como disculpándose por algo de lo que no era culpable.

Pasaron dos años. Las amigas de Carmen, una tras otra, colgaban en redes sociales fotos de vientres redondeados y luego de paquetes con bebés. Carmen daba like, escribía «¡qué preciosidad!», y luego apagaba el móvil y se quedaba mirando al vacío. Sus padres insinuaban con delicadeza:

—Hija, ya tocaría tener hijos, queremos nietos.

Pero Carmen se defendía:

—Ya llegará.

En realidad, dentro de ella crecía una sorda angustia. Y lo peor no era que algo pudiera no funcionar. Lo terrible era ir al hospital. Carmen pensaba:

—¿Y si soy yo? ¿Y si yo soy ese mecanismo averiado? ¿Y si el tratamiento no sirve?

Javier, al ver el rostro mustio de su mujer, pensaba lo mismo. Era un hombre acostumbrado a resolver problemas, pero allí se sentía impotente. Le parecía que si iba a hacerse análisis y resultaba «no apto», perdería no solo la oportunidad de ser padre, sino también el respeto de Carmen. ¿Cómo mirar a los ojos a una mujer si no puedes darle un hijo?

Vivían en una ciudad donde había tres clínicas privadas de reproducción con brillantes letreros. Pero las esquivaban, eligiendo otro camino para pasear. Un tabú silencioso flotaba en el aire. Las conversaciones sobre niños se reducían a comentar sobrinos e hijos de amigos. Cada uno temía no el diagnóstico, sino convertirse en el culpable.

Solo los salvaba el amor. Un amor extraño, adulto, que a pesar de los miedos se volvía más callado y profundo. Javier abrazaba a Carmen por las noches, y ella sentía que él temía tanto como ella. Temían confesarse que ya daban vueltas a las opciones:

—¿Y si es incurable? ¿Podremos quedarnos solos si uno de nosotros es la razón de este vacío?

Tres años. Era su aniversario particular de silencio. Un día lluvioso, Carmen se despertó y dijo firme:

—Javier, me he apuntado. Mañana a las nueve.

Él se sobresaltó como si recibiera un golpe, pero asintió. Tenía la boca seca.

—Te acompaño —contestó solo.

En la clínica, Carmen estaba sentada en una silla, apretando el bolso, y Javier la cogía de la mano. No se miraban, temiendo leer el miedo en sus ojos. La doctora, una mujer joven con mirada cansada, los observó por encima de las gafas:

—Bueno, palomitos, ¿tres años esperando? En vano. Vamos a hacer las pruebas.

Dos semanas de espera se convirtieron en las más largas de sus vidas. Fingían llevar una vida normal: iban al cine, comían sushi, discutían por los platos sin fregar. Pero cada noche, cuando Javier salía de la ducha, veía a Carmen mirando el móvil, revisando el correo.

Y llegó el resultado.

Carmen abrió el correo con dedos temblorosos. Javier estaba detrás, con las manos pesadas sobre sus hombros, sin respirar. Ella recorrió con la vista los términos médicos fríos, números, indicadores… Giró bruscamente en la silla. Tenía los ojos húmedos.

—Javier —suspiró—, estamos… estamos sanos. Los dos.

Por un segundo reinó un silencio vibrante en la habitación. Y entonces Javier hizo algo que no había hecho en esos tres años. Se rió a carcajadas, agarró a Carmen por la cintura, la hizo girar por la habitación y, al ponerla en el suelo, la apretó fuerte contra sí.

—¿Oyes? —susurró en su coronilla—. No tenemos la culpa. Nadie la tiene. Solo… solo que aún no había llegado el momento.

Carmen rompió a llorar en su pecho. Lloraba de alivio, de ternura, de lo absurdo de la situación. Tres años escondiéndose del miedo, temiendo destruir la familia, y resultaba que su familia era una roca que nada podía romper, ni siquiera el vacío.

Esa noche compraron cava, pidieron pizza e hicieron planes. Planes grandiosos: en un mes, vacaciones en Marbella; luego, cambiar de trabajo por algo más tranquilo; después, comprar una cuna, paseos por el parque, elegir nombre. Les parecía que, ahora que la barrera había caído, todo debía ocurrir solo. Como por arte de magia.

Pero pasó un mes. Luego tres. Luego seis meses y más tiempo seguía pasando, los meses fluían.

El optimismo se deshacía como la niebla matutina. Ahora sabían que podían, pero ese saber no acercaba el milagro. Era como conocer la contraseña de una caja fuerte, pero la caja estaba vacía.

—Quizá solo tenemos que dejar de pensar en ello —propuso Javier una tarde, viendo a Carmen otra vez absorta en el vacío.

—Fácil decirlo —sonrió ella con tristeza—. Intenta no pensar…

Dejaron de hablar del tema. Con cuidado, como porcelana frágil, guardaron las conversaciones sobre niños en el cajón más remoto. La vida seguía: trabajo, cenas, series, algún fin de semana suelto. Y cada año se volvía más gris. No negro, aún se querían. Pero gris, como el cielo lluvioso de noviembre. Los colores se habían ido, solo quedaban los contornos.

Llegó el séptimo año de matrimonio. Una tarde, Javier volvió del trabajo con compañía. Bajo su chaqueta algo se movía, gimoteaba y rozaba la cremallera con un hocico húmedo.

—Carmen —dijo tímidamente, sacando un bulto peludo y tembloroso—. Me lo ha dado Miguel. Su perra tuvo cachorros, el último no lo quería nadie. Miré esos ojos… no pude dejarlo allí. Que se quede con nosotros, ¿vale?

Carmen retrocedió. No le gustaban los animales en casa. Desde pequeña creía que los perros debían vivir en una caseta fuera y los gatos cazar ratones en los sótanos. Pelo, charcos, olor, ¿para qué en su acogedor nido, aunque demasiado silencioso?

—Javier, ¿hablas en serio? —preguntó fríamente—. Ya tenemos…

Iba a decir «ya tenemos bastante vacío», pero se calló. Miró al cachorro. Era diminuto, con enormes ojos húmedos color caramelo. Temblaba y la miraba con tanta esperanza como ella había mirado los test. Buscaba un hogar.

Carmen abrió la boca para decir «devuélvelo», pero las palabras se atascaron. Miró a Javier; en sus ojos había la misma súplica que en los del perro. Sintió que si decía «no», rompería algo muy importante en su familia. Algo que aún los mantenía a flote.

—Vale —resopló—. Que se quede. Pero lo limpias tú.

Javier se iluminó como un niño y apretó al cachorro contra su pecho.

—¡Rex! —dijo—. Te llamarás Rex.

Rex la miraba con devoción, movía la cola. Aquellas palabras marcaron el inicio de una nueva vida. Carmen, sin darse cuenta, se fue implicando. Primero, daba de comer a Rex porque Javier llegaba tarde. Luego, lo sacaba a pasear al parque porque llovía y Javier estaba resfriado. Después, le compró una cama, luego un cuenco con la inscripción «Mejor amigo», después un collar de piel, un impermeable, un mono de invierno.

Rex la miraba con adoración, movía la cola tan fuerte que parecía que se iba a desprender, y la seguía a todas partes. La esperaba en la puerta cuando volvía del trabajo y saltaba alegre, derribando todo a su paso. Le traía las zapatillas, ponía la cabeza bajo su mano, le rozaba la palma con el hocico.

Un día, viendo a Rex perseguir una pelota por el pasillo con entusiasmo, Carmen se sorprendió sonriendo. Sonreía de verdad, por primera vez en meses. Se dio cuenta de que quería a aquella bestia peluda. Quería su andar torpe, sus ojos fieles, su lengua caliente lamiéndole las manos. Le compraba juguetes, más que en una tienda infantil. Le compraba ropa y lavaba su cama.

Rex se convirtió en su sustituto de hijo. Hablaban con él, le reñían por las patas de la silla mordidas, le alababan cuando aprendía órdenes. En Nochevieja lo disfrazaron de reno y lo llenaron de regalos. En su cumpleaños le hornearon una tarta de ternera y arroz. Su vida recuperó colores vivos, cálidos, de cachorro.

Pero los colores, a veces, engañan. Todo empezó cuando Rex dejó de comer. Simplemente se tumbaba en su cama, con la cabeza sobre las patas, y los miraba con ojos tristes. Carmen entró en pánico. Llamaba a clínicas veterinarias, suplicaba que los atendieran sin cita.

—No será nada —la tranquilizaba Javier—. Habrá comido algo en la calle.

Pero Rex adelgazaba a ojos vista. Su pelo brillante se apagó, el hocico se volvió seco y caliente. Cuando intentó levantarse para recibir a Carmen en la puerta y no pudo, ella rompió a llorar. En la clínica, todo era luminoso y estéril. El veterinario, un hombre mayor con barba canosa, examinó a Rex, palpó su vientre y negó con la cabeza.

—Parece una infección, la habrá cogido en algún lado. No descarto tumor, pero empezamos con tratamiento: inyecciones, dieta estricta, suero.

Le ponían inyecciones cada día. Carmen aprendió a sostener la jeringa con pulso firme, aunque por dentro temblaba. Pasaba las noches con él, acariciándole la cabeza y susurrando:

—Aguanta, mi niño, aguanta.

Rex movía la cola débilmente, pero casi no le quedaban fuerzas.

Una mañana, al despertar, vio que Rex no respiraba. Yacía en su cama, hecho un ovillo, como el primer día que lo trajeron. Parecía dormido, pero el pecho no se movía. Carmen lo tocó; ya estaba frío.

No gritó. Se sentó en el suelo junto a la cama y aulló. Quedo, largo, como una loba que ha perdido a su cachorro. Javier salió corriendo del dormitorio, lo comprendió todo sin palabras y cayó de rodillas a su lado. La abrazó junto a Rex y estuvieron así mucho rato, hasta que amaneció.

Enterraron a Rex en el bosque, fuera de la ciudad.

—Dios mío —susurraba ella por la noche, hundida en el hombro de Javier—. Qué vacío. Nunca imaginé que se pudiera querer tanto a un perro. Y perderlo así.

Javier callaba. Le acariciaba el pelo y miraba al techo. Tenía un nudo en la garganta que no podía tragar. Rex había sido su pequeño milagro peludo, que les regaló tres años felices. Tres años en los que olvidaron el vacío. Pero ahora el vacío había vuelto. Y era el doble.

Carmen perdió el apetito. Se obligaba a tomar unas cucharadas de sopa y empezaba a notar náuseas. Sobre todo por la mañana. Lo achacaba a un ataque de nervios; dicen que el estrés da náuseas. En el trabajo, el ambiente se volvió irrespirable. Se sentaba ante la pantalla y sentía que las paredes se encogían, robándole el oxígeno. Salía a la calle a cada rato, aspiraba el aire frío, se apoyaba contra la pared y cerraba los ojos.

—Carmen, ¿qué te pasa? Estás muy pálida —le preguntó su compañera Lucía—. ¿Una infección o algo?

—Seguramente he cogido una infección —respondió Carmen quitándole importancia—. De Rex. Él tenía algo… un virus cualquiera.

La idea de la infección se le clavó en la cabeza. Hasta se alegró de esa explicación: todo cuadraba, el perro tenía una inflamación, podía habérselo contagiado. El cuerpo, debilitado por el duelo, había pillado cualquier cosa. Debía ir al médico de cabecera, hacerse análisis para saber qué tenía.

Pidió cita en el centro de salud, se tomó el día libre. Esperó en la sala, abrazándose, sintiendo que el estómago se le revolvía. La doctora, una mujer ya no joven con mirada cansada, escuchó sus quejas, negó con la cabeza y dijo:

—A ver, empecemos con un análisis general. Pero, por si acaso… —frunció el ceño, miró a Carmen por encima de las gafas—, bueno, voy a derivarla a una ecografía.

Carmen salió con el volante en la mano.

La ecografista callaba, deslizaba el aparato, fruncía el ceño, pulsaba algo en la pantalla. Carmen yacía mirando al techo, contando las baldosas para no mirar la pantalla y no hacerse ilusiones.

—Bueno, vaya sorpresa. ¿Sabe que tiene un bebé ahí?

—¿Qué? —repitió Carmen sin dar crédito.

—Embarazo —dijo con claridad la doctora—. De unas ocho semanas. Todo bien, sin patologías.

Carmen miraba la pantalla; no sabía que se podía llorar tan silenciosamente. Las lágrimas simplemente resbalaban por sus mejillas, se le metían en los oídos, caían sobre la camilla.

—¿Cómo… cómo es posible? —susurró—. Llevamos nueve años Javier y yo…

—A veces pasa —sonrió suave la doctora—. La Naturaleza espera. Cuando el cuerpo deja de obsesionarse. Parece que el suyo por fin se relajó y decidió que era el momento. Un misterio de la vida.

Carmen salió del centro de salud con piernas de algodón. Ocho semanas. Ocho semanas en las que dentro de ella vivía una nueva vida y ni lo sabía. Estaba de luto por Rex, y en su interior ya latía otro corazón.

Quería esperar a Javier en casa. Quería decírselo bonito, encender velas, preparar la cena, darle una sorpresa. Pero no aguantó. Estaba en la parada del autobús, apretando el móvil. Los dedos le temblaban al marcar su número.

—Javier —dijo, y se le quebró la voz—. ¿Puedes hablar?

—¿Carmen? ¿Qué pasa, tienes mala voz… estás enferma? —su tono se llenó de preocupación.

—No —exhaló—. He estado en el centro de salud. Javier… no sé cómo decirlo… voy a tener un bebé.

Silencio al otro lado. Tan largo que Carmen temió que se hubiera cortado la llamada.

—¿Qué? —repitió Javier tan bajo que apenas lo oyó—. Carmen, no bromees, por favor. No tiene gracia.

—No bromeo —lloró ya directamente al teléfono, sin importarle los transeúntes—. Ocho semanas. Javier… nuestro hijo vive dentro de mí desde hace dos meses y yo no lo sabía. Creía que era una infección, pero es… es nuestro pequeño.

—Voy —dijo al fin—. Ahora mismo. Espérame. En casa. Siéntate y no te muevas. Llego.

Ella llegó a casa; Javier, media hora después. Entró en el piso sin quitarse los zapatos, con un enorme ramo de rosas blancas en una mano y una tarta en la otra. Las rosas eran tan grandes que apenas cabían por la puerta, y la tarta ponía «Feliz cumpleaños»; seguramente había comprado lo primero que encontró para no llegar con las manos vacías.

Javier la apretó contra sí tan fuerte que parecía temer que se evaporara, se deshiciera en el aire como un espejismo.

—Tenía miedo de creérmelo —susurraba en su pelo—. Estaba en la oficina pensando: es un sueño. Me pellizcaba, Carmen. ¿Te imaginas? Mis compañeros me veían, creían que me había vuelto loco. No podía creer que después de todo, de nueve años, de Rex, de habernos rendido… esto pasara.

—Yo tampoco me lo creo —sollozaba Carmen hundida en su hombro—. Dejé de esperar. Simplemente… vivía.

Él se separó, le cogió la cara entre las manos, la miró a los ojos. Los suyos estaban rojos y húmedos, y en sus labios temblaba una sonrisa amplia, feliz, un poco loca.

—Entonces, solo teníamos que dejar de esperar —dijo—. Tener un perro, perderlo, pasarlo, quemarnos… y entonces la vida encuentra su camino. Acabas de darme el milagro más grande. No sé cómo agradecértelo. Voy a ser el mejor padre, lo juro por Rex. Ahora tengo un propósito.

Carmen le acarició el pelo y de repente sintió que las náuseas que la atormentaban habían desaparecido. O quizá había dejado de notarlas. Porque dentro de ella ya no había vacío. Dentro de ella latía un corazón. El suyo, pequeño, futuro.

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El enigma de la naturalezaLos científicos descubrieron que el misterioso bosque de robles centenarios ocultaba un ecosistema jamás documentado.
Antes para mi suegra yo era “la del pueblo sucio”. Ahora me llama casi a diario para alabarme. Yo sé la razón de este cambio de actitud y no me creo ni una palabra de mi suegra.