BolsitoEl bolsito, olvidado en el banco, guardaba un secreto que nadie imaginaba.

Pilar se sentó en el sitio libre, después de comprobar que el banco estaba limpio: ni una mota de polvo podía manchar su vestido claro. En la mano llevaba un bolso blanco nuevo. En el balneario ya se había vuelto costumbre cambiarse después de la cena y ponerse una de las prendas de fiesta para salir a pasear. La mayoría de los huéspedes también lucía sus mejores galas. Una mujer confesó: «¿Dónde, si no durante las vacaciones, se pueden estrenar los vestidos? En casa no hay a dónde ir».

De reojo vio que Jorge se acercaba y se sentaba despacio a su lado. —Quedémonos en silencio juntos —dijo en voz baja, con una entonación que casaba perfectamente con la armonía de la quietud y del hermoso paisaje. Bajo la chaqueta beige llevaba una camisa blanca; los pantalones, impecables; el pelo oscuro, cortado como si acabara de salir de la peluquería. Las canas en las sienes, como hilos de plata, no le perjudicaban; al contrario, le daban un aire de solvencia y serenidad.

Dos días antes, Pilar ya se había fijado en que, cuando se encontraban, Jorge la miraba de un modo especial, distinguiéndola del resto de las mujeres.

—Qué bonito suena eso de «quedarnos en silencio juntos» —dijo ella.

—Con usted, Pili, hasta callar es agradable, aunque siempre me gusta conversar. —Jorge se giró un poco hacia Pilar para entregarle por completo su atención a la atractiva morena. Desde el primer instante, Pilar le había gustado.

Ella también se volvió hacia él y le ofreció una mirada cálida.

—Por cierto, ayer la estuve esperando en el baile, pero no vino… ¿No le gusta bailar?

—Qué va, me gusta, pero ayer salí a pasear. Por la noche el aire tiene más frescura y dan ganas de respirar y respirar.

—No sabía que le gustaran los paseos nocturnos —dijo Jorge. Con un gesto apenas perceptible, rozó la mano de Pilar. Ella sintió un pequeño hormigueo en el contacto. Los ojos castaños de Jorge la miraban con la esperanza de que hubiera algo más.

—La invito esta noche a un paseo por una ruta que yo mismo descubrí; las vistas son magníficas, se ven las montañas. Pero no tenía a nadie con quien compartir esa sensación de belleza… y ahora sí: con usted. —Y le apretó suavemente la mano, como una señal para que su cortejo siguiera adelante.

«¿Por qué no? —pensó Pilar—. Solo es un paseo. Además, alejarse sola no es seguro; con un hombre al lado, mucho más.» Miró a una pareja que pasaba junto al banco; hablaban con animación y se notaba que se habían conocido allí, en el balneario, y que lo estaban pasando bien.

—Qué mano tan bonita tiene, Pili —más que decir, casi susurró Jorge. Se acercó un poco más, contemplando el perfil de Pilar.

Ella no quiso preguntarle si estaba casado; por regla general, allí casi nadie era libre y se justificaban con el ansia de novedades y emociones. Pero en aquel momento le resultaba extrañamente grato estar sentada en un banco con un hombre al que, claramente, le gustaba, y que la había elegido entre todas.

—Venga, démonos un paseo ahora mismo —propuso él—. Charlamos y esta noche la invito a una cafetería. —Jorge le ofreció el brazo con elegancia para ayudarla a levantarse.

Ella aceptó sin remilgos, cogió su bolso blanco y lo tomó del brazo. A los cinco pasos, con un descuido de chiquilla, balanceó el bolso y se le escapó de las manos. Cayó en un pequeño charco que había dejado la lluvia. Pilar dio un pequeño grito, por la sorpresa y por el contraste: el bolso blanquísimo estaba tirado en el barro.

—No pasa nada; ahora mismo queda como nueva —dijo Jorge, y lo recogió con cuidado para ponerlo sobre la hierba.

Pilar sacó unos pañuelos de papel y se puso a frotar, pero las manchas sucias seguían allí.

—Subiré a la habitación a lavarlo —dijo.

—Entonces te espero —propuso Jorge. O mejor: —Te espero después de la cena en este mismo sitio… ¿De acuerdo?

Ella asintió y se fue deprisa hacia la habitación, manteniendo el bolso lejos del cuerpo para no mancharse. Lavó el bolso blanco que había comprado justo antes de ir al balneario. Aunque no quedaba ni rastro del barro, aun así le pareció que el bolso se había ensuciado por dentro, que había perdido su frescura de estrenado.

Recordó la propuesta de Jorge, su mirada que insinuaba más, y notó un regusto amargo. Por primera vez en toda la semana, sentía algo desagradable que la irritaba a ella misma. De repente comparó su relación con Jorge, a primera vista inofensiva, con el bolso caído en el barro.

El teléfono sonó.

—Mamá, Miguel y Alvarito no me dejan hacer los deberes —oyó la voz de su hija pequeña; al fondo se escuchaban risas.

—¿Qué estáis haciendo ahí? —preguntó, como si volviera de golpe a la realidad.

—Pilar, soy yo —sonó la voz de su marido—. Nos han traído a los nietos; hemos decidido hacer un pastel, pero Marisol se opone: dice que vamos a poner perdida toda la cocina.

—Andrés, compra algo rico para los niños; en cuanto llegue, hago un pastel, o quizá una tarta.

—Vuelve pronto, te echamos mucho de menos —dijo Andrés. Y añadió en voz baja: —Yo más que nadie. Si quieres, me subo al coche ahora mismo y voy a buscarte.

—Ya queda poco; tened paciencia. Yo también os echo de menos. Pásame con Marisol.

Después de hablar con su hija, luego con los nietos, y de decirle a Andrés que también lo quería, se dio cuenta de que se estaba haciendo tarde para la cena. Se cambió de ropa de prisa, cogió el bolso, lo giró en las manos y comprobó que no le quedaba ni una mota de barro.

—Ahora sí está bien —se dijo con buen ánimo. No tenía ninguna necesidad de salir corriendo a pasear con un tal Jorge. Eso lo comprendió con total claridad al comparar el bolso caído en el fango con aquella relación que apenas comenzaba.

Pilar sintió cuánto echaba de menos a su marido, a sus hijos y a sus nietos… había ido allí para descansar de ellos, y ahora se alegraba de oírlos, y le habría encantado ver a Andrés en la cocina intentando hacerles un pastel. Recordó que por San Valentín, Andrés quiso sorprenderla con una obra maestra de repostería; fue entrañable y cómico verlo tan torpe. Torpe, sí, pero tan tierno y tan alegre.

—No volveré en autobús —decidió—. Le diré a Andrés que venga a buscarme cuando se acabe la estancia; de paso le enseñaré estos paisajes tan bonitos y pasearemos juntos. No necesitamos ningún «bolso sucio».

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

16 − 1 =

BolsitoEl bolsito, olvidado en el banco, guardaba un secreto que nadie imaginaba.
— ¿Kika? Yo la llamé Abetita. Ha estado correteando por aquí toda la mañana. Se le notaba enseguida que estaba perdida. Luego se acurrucó a mis pies, así que la metí en el coche para que la pobre no se congelara —sonrió el hombre… — ¡Toma, hija, pero cómo puedes tener tan mala suerte! ¿Cuántas veces te he dicho que ese Víctor no era para ti? —reprochaba la madre a Tamara. La mujer permanecía cabizbaja. Aunque no hacía mucho que había cumplido los treinta y siete, se sentía como una colegiala a la que le han puesto un suspenso. Y además sentía una amargura y tristeza enormes —por ella, por su vida de familia frustrada y por su pequeña hija— ya que, en vísperas de la Navidad más mágica, se habían quedado sin padre en casa. — Me voy de casa —soltó Víctor sin apenas mirarla esa noche. Tamara ni siquiera entendió al principio lo que su marido le estaba diciendo. — ¿Que te vas a dónde? —preguntó automáticamente Toma, mientras le servía un plato de humeante cocido. — De verdad, Tomi, es que eres de otro mundo. ¡No entiendes las cosas serias! ¿Cómo he podido vivir todos estos años así contigo? —protestó Víctor con tono melodramático. Tamara apenas pudo preguntar nada, porque el hombre enseguida se explayó: — ¡No aguanto más! Y encima siempre está tu perro chillando. La niña se pasa el día enferma. Nada de romanticismo, Toma. ¿Te has visto a ti misma últimamente? ¿En qué te has convertido? —ese fue el colofón a su discurso colérico. Tamara se intentó mirar el reflejo tembloroso en la puerta del aparador, pero apenas lo logró. Las lágrimas le corrían por las mejillas y se quedó sola, de pie, en medio de la cocina. Víctor detestaba las lágrimas. Miró con cierta tristeza el cocido, se levantó y se puso a hacer la maleta… La perrita Kika, notando que algo iba mal, daba vueltas alrededor de su dueña, gimiendo e intentando consolarla. — Por fin podré descansar sin tanto aullido —declaró Víctor al asomarse con la bolsa al hombro. — Pero, Viti, ¿y Eva? —musitó Tamara, imaginando la pena de su hija de cinco años que a esa hora dormía tranquila en su cuarto. — ¡Qué te las arregles como madre que eres! —replicó él, y, con los lloriqueos de Kika de fondo, salió de casa… Tamara pasó la noche en la cocina abrazando a la perrita, que le lamía la mano tratando de consolarla. Sabía que había ocurrido algo terrible. Durante varios días, Tamara no se atrevió a contarle nada a su madre, que la llamaba de vez en cuando para interesarse. Siempre respondía rápido que todo iba bien y apagaba el móvil. — ¿Y el trabajo, hija? ¿Has encontrado algo? Mira que ese crápula de Víctor te deja y no vais a tener para vivir —la reprendía la madre en una de sus visitas. Entonces Tamara no aguantó más y rompió a llorar, confesando que los empleos no salían y que Víctor se había ido días atrás. La madre se echó las manos a la cabeza, sin esperar una noticia así. — Si es que se veía venir. Cinco años juntos, una hija, y tu marido no quiso casarse… —se lamentaba la madre, compadeciendo a su hija y su nieta. — ¿Y ahora qué vais a hacer? —se alarmó. Tamara encogió los hombros: — Encontraré algo. Me meteré de niñera en la guardería de Eva —dijo con resignación. — No os va a llegar para nada el sueldo de niñera. Y el perro, encima, hay que alimentarlo… —resumió la madre, que nunca había tenido simpatía por los animales. Y menos aún por la perrita Kika, recogida de la calle por su hija. Iba a decir algo más, pero se cortó al ver las lágrimas de Tamara. — Venga, no llores. Te ayudaré. Si hace falta, cuido de Eva yo —intentó consolarla… Así transcurrió otra semana. Tamara Alexandrovna logró un trabajo y ahora iba cada día con Eva a la guardería, para alegría de la niña. — Mamá, ¿podríamos llevarnos a Kika contigo a trabajar? Abuela no para de quejarse de sacarla a pasear… Kika podría ayudarte a lavar platos y protegernos en los ratos de siesta —decía la niña con una sonrisa. Tamara reía y la abrazaba. Pero en sus ojos se colaba la tristeza cada vez que Eva preguntaba: — Mamá, ¿y papá vuelve pronto? ¿Vendrá para Nochevieja? No se atrevía a contarle la verdad, así que le inventó una historia sobre un viaje urgente. Llamaba a Víctor para intentar quedar con él, pero él, ocupado, rehuía las conversaciones: — Toma, no me molestes, que estoy rehaciendo mi vida. Dile a Eva que soy un superagente en misión importante. No iré pronto. Por cierto, ¿has visto mi corbata? No sé cómo voy a celebrar el Año Nuevo sin ella —se lamentó antes de colgar. Tamara se quedó pensativa. No sabía cómo pasarían esa Nochevieja las dos solas ni cómo explicárselo a Eva. Entonces ocurrió algo inesperado. La abuela llevaba de la mano a Eva a la clínica —la niña ya se recuperaba de un resfriado—, cuando de pronto apareció Víctor en la calle. — ¡Papá, papá! ¿Has vuelto? —corrió la niña a abrazarle feliz. El hombre dudó, le sonrió y le comunicó que, bueno, ya no viviría más con mamá. Luego se marchó. — A lo mejor me paso a verte, si puedo —le dijo antes de irse. Eva se quedó quieta, susurrando apenas: — No hace falta que vuelvas… Aquella tarde le subió la fiebre, y a los dos días tuvieron que llamar al médico. Eva no quería hablar ni comer. Y tampoco parecía querer curarse. — Es probable que sea por el estrés —dijo el médico, tras oír la historia del padre. Tamara se asustó: — Tendría que habérselo explicado antes… Ella lo habría entendido —dijo a su madre, que negaba con la cabeza. No tardó en suceder otra desgracia. La abuela salió rápido con Kika sin correa, y la perra, al oír otro grito, pegó un salto y salió disparada. — ¡Ah, así que ahora tampoco me obedeces! Pues ya volverás tú solita muerta de frío —rezongó la abuela, entrando en casa con apremio. Cuando la niña supo que Kika se había perdido, dejó de comer y de hablar, por mucho que Tamara prometiera buscar a la perrita. — Cuando vuelva Kika, yo como —dijo, dándole la espalda. — Esto es culpa de cómo la has criado, Toma. La tienes mimada y te está tomando el pelo. ¡Ya te lo advertí…! —empezó la madre. — Mejor hubieras vigilado tú a Kika, mamá, y no soltar tantos sermones —saltó de repente la siempre callada Tamara. — Bueno, ya está bien, que yo solo quiero ayudaros… —suspiró la madre, saliendo enfadada del piso. Tamara se quedó sola otro día más. Vagueó por el barrio buena parte de la noche, esperando ver a Kika. Eva dormía por fin en su cama y Tamara quería creer que la perrita volvería, pero nada. Llegó helada a casa y cayó rendida… Eva se despertó temprano: — ¡Mamá, he soñado con un abeto! Lo decorábamos y encontrábamos a Kika —contó la niña ilusionada. Tamara sonrió con tristeza. Había puesto un pequeño arbolito artificial sobre la mesa para el Año Nuevo. Eva se lamentó: decía que el abeto debía ser natural y grande para que, como en su sueño, Kika pudiera volver. Tamara suspiró. Un abeto natural escapaba a su presupuesto. Llamó a su madre, que se negó a ir en Navidad: — Ya veo que te importa más ese chucho que tu propia madre. Piénsalo —dijo molesta. Tamara entendió que no podía contar con la ayuda de la abuela, pero al menos venía el fin de semana. Eva seguía débil y triste. Al llegar la Nochevieja, rompió a llorar: — Ni abeto ni Kika, mamá. Y papá tampoco volverá… Tamara la acarició y contuvo el llanto. Luego pidió a la vecina que cuidara de la niña, y salió a la calle… El aire helado le azotó la cara, el baile de copos la envolvió. La gente iba contenta a su encuentro, pero Tamara no veía a nadie. Solo buscaba desesperada a Kika. — ¿Dónde te has metido, pequeña? —susurraba, recorriendo una y otra vez las mismas calles. De pronto, llegó a un puesto callejero de abetos. Un hombre grande y recio, con chaquetón, se apoyaba en las últimas ramas verdes. Tamara se quedó parada. — ¿Un abeto, señora? Es el último que me queda, y le hago precio —ofreció el vendedor, con ganas de irse ya a casa. “Seguramente le están esperando su mujer y sus hijos…” pensó Tamara. En ese momento, una joven pareja compró uno y se marchó. — ¿Se anima? Es la última… Se la acerco a casa si quiere —insistió él. Tamara le miró, apurada: no tenía dinero suficiente. Vio entonces en el camión un montón de ramas sobrantes. — ¿Podría llevarme unas ramas, por favor, si ya no las necesita? —preguntó en voz baja. Él la miró y suspiró: — Claro, falta más. Espere, que le ayudo —respondió, sacando un gran montón de ramas del camión. Tamara le dio las gracias y enseguida se puso a explicarse: — Verá, mi hija está malita… Quería un abeto… Y encima se ha perdido la perrita… Todo va mal en casa, ya ni parece fiesta… El hombre la escuchaba atento. Le había dejado su esposa recientemente y no superaba la traición. También él pasaba la Navidad solo. Entonces alguien se acercó: — ¿A cuánto el abeto? —le preguntó, mirando el único que quedaba. — Ya lo han reservado. Quizá el de al lado tenga. — Contestó señalando al vecino. Tamara se sorprendió. — Déjeme, que le ayudo a llevar las ramas a casa —sonrió el hombre. Y entonces Tamara entendió que no era tan serio como parecía. — Pero es que no tengo dinero, ya se lo he dicho —se sonrojó. — No pasa nada —respondió él. Y entonces pasó algo insólito, de esos milagros que solo ocurren en la Nochevieja más mágica. El hombre abrió el camión, y Tamara vio en el asiento a una perrita dormida, vestida con un jersey de lana. — Pero… ¿cómo tiene usted a Kika? —preguntó, conteniendo el llanto. — ¿Kika? Yo la llamé Abetita. Ha estado todo el día rondando por aquí, perdida… Se me acurrucó a los pies. Así que la metí en el coche, para que no se quedara helada, pobre —sonrió el hombre. Se llamaba Pablo, y adoraba los animales, y enseguida se llevaba bien con los niños. Pronto, el hogar de Tamara se llenó de calor y de alma, como nunca antes. Quizá todo fue culpa de la magia de la Navidad, que juntó a dos corazones buenos. O quizá el destino lo quiso así… Nadie lo sabe a ciencia cierta. Solo se sabe que ahora la nueva familia es feliz. Y de vez en cuando, a Kika aún la llaman Abetita.