— Con su pensión tiene de sobra, — dijo mi nuera. Ese mismo día me negué a cuidar a mis nietos.

Rocío relamió la cuchara del postre para no dejar ni una gota de nata.

—Carmen, ya estás jubilada. No tienes en qué gastar el dinero. Javier y yo hemos decidido reducirte la asignación.

Sobre la mesa había una tarta de cuarenta euros. Comprada con la pensión de Carmen.

Carmen miraba la taza vacía. El té llevaba un buen rato frío. Dentro de ella algo hizo clic, seco.

—¿Cómo que reducir? —preguntó Carmen.

Rocío dejó la cuchara, se limpió los labios con una servilleta y miró a su suegra con una calma de dueña y señora.

—En el sentido más literal. Ayer te llegó la primera pensión: setecientos cuarenta euros. Los gastos de la casa te salen por ciento ochenta. Para comer tienes de sobra. ¿Para qué quieres más?

Javier, sentado a su lado, miraba su plato y jugaba con el tenedor en los restos del bizcocho.

—Javi, ¿tú también lo crees? —preguntó Carmen.

Su hijo se encogió de hombros.

—Mamá, tenemos hipoteca, el coche a plazos, Rocío tiene que hacerse un arreglo en la boca. Tú estás en casa, sin moverte. No necesitas abono transporte ni ropa nueva.

Carmen acercó una servilleta de papel y cogió un bolígrafo.

—Me quedo en casa, sí. Con vuestros hijos.

—¡Si eres la abuela! —saltó Rocío—. ¡Es tu alegría!

—Los quinientos euros que me dábais —Carmen escribió la cifra en la servilleta— no eran una ayuda. Eran el pago de mi trabajo.

Rocío soltó una risita seca, no por gracia, sino por rabia.

—Bah. Se ha encendido el contador de la abuela. ¿Qué trabajo? ¡Estás con tus propios nietos!

—Cuarenta horas a la semana. Además, los recojo del cole. Además, les preparo la comida de mi bolsillo.

—¡Te hemos dado nietos! —la voz de la nuera se disparó.

—Los paristeis para vosotros, Rocío.

Javier tiró el tenedor con estrépito.

—Mamá, no empieces. Rocío tiene razón. Pagar a tu propia madre por estar con los nietos es una salvajada. Ya no te transferimos nada. Y punto.

Carmen se levantó en silencio, fue al mueble del recibidor, abrió un cajón y sacó un llavero. Volvió a la mesa y dejó caer las llaves delante de su hijo. El metal sonó contra la loza del plato.

—¿Qué es eso? —Javier frunció el ceño.

—Las llaves de vuestra casa. Si ahora soy solo la abuela amorosa y no la niñera gratis, mi horario cambia.

A Rocío se le encendieron manchas rojas en el cuello.

—¿Y eso cómo se entiende, Carmen?

—Muy sencillo. Desde mañana lleváis vosotros a Marcos y a Aitana al cole. Las bajas las gestionáis vosotros. Los fines de semana, vuestros hijos, con vosotros.

—¡Yo trabajo! —gruñó la nuera.

—Yo también trabajé. Cuarenta años en la fábrica. Ahora descanso.

Carmen llegó a la puerta de la entrada y la abrió.

—¿Habéis acabado el té? ¿Habéis terminado la tarta? La salida está ahí.

Javier se levantó el primero, rojo como un tomate, y cogió la cazadora del perchero.

—Te arrepentirás, mamá. Cuando te sientas sola, nos llamarás.

Carmen no contestó. Cerró la puerta y dio la vuelta a la llave.

El lunes, Carmen Gutiérrez se despertó a las ocho. En la cocina no se oía nada. Nadie pedía los dibujos. Nadie derramaba el zumo sobre el mantel limpio.

Se preparó un café de verdad y sacó la taza buena.

El timbre sonó a las ocho y cuarto.

Largo. Descarado. Ininterrumpido.

Carmen se asomó a la puerta y miró por la mirilla. En el rellano estaba Rocío, con el móvil apretado entre el hombro y la oreja, una bolsa amarilla del súper en una mano y a Aitana sujeta por la capucha de la chaqueta. Marcos, de seis años, se balanceaba de un pie a otro.

—¡Abre! —gritó Rocío, y probó el picaporte.

Carmen respondió por el telefonillo.

—Estoy durmiendo, Rocío.

—Carmen, no me hagas esto. Entro a trabajar a las nueve. Hay cuarentena en el cole y no pienso llevarlos.

Los niños se pusieron a lloriquear. Aitana se frotaba los ojos con una manopla sucia.

—Y yo estoy jubilada. Tengo un horario.

Rocío dio una patada a la puerta.

—¡Los dejo aquí mismo, en el felpudo! ¡Luego te las verás con los servicios sociales!

Carmen apoyó la frente en la puerta fría.

—Déjalos. La vecina, la tía Concha, está en casa y llama a la policía en cuanto oye algo. Diré que una madre ha abandonado a sus hijos en el portal y ha salido corriendo.

Al otro lado se hizo un silencio denso. Solo se oía la respiración agitada de la nuera.

—Estás como una cabra. Vieja arpía —escupió Rocío.

Se oyeron pasos, el ascensor se cerró de golpe y se fueron.

Carmen volvió a la cocina. El café se había enfriado. Lo tiró por el fregadero y se puso otro. Le temblaban un poco las manos, pero por dentro estaba en paz.

Javier llamó a la hora de comer. Carmen no cogió el teléfono hasta la tercera llamada.

—Dime.

—Mamá, ¿te has vuelto loca? —gritaba Javier—. ¡Le han abierto un expediente a Rocío! Llegó dos horas tarde porque tuvo que llevar a los niños a casa de Angustias, ¡al otro lado de Madrid!

—¿Y cómo está Angustias? —preguntó Carmen con voz plana—. ¿Ha disfrutado de sus nietos?

—No me cabrees. ¿Por qué has montado este circo?

—Javi, te avisé. Mis servicios cuestan dinero. No quisisteis pagar.

—¡¿Qué dinero?! ¡Es tu sangre!

Carmen cogió la servilleta con las cuentas de ayer.

—¿Mi sangre? Vale. Hace tres meses me pediste mil doscientos euros para arreglar la caja de cambios. ¿Me los has devuelto?

Javier se quedó cortado.

—Te los devuelvo. Cuando cobre la próxima nómina, te los devuelvo.

—No me los devolverás. Y yo pedí un préstamo por esa cantidad. Estoy pagando intereses con mi pensión. Setecientos cuarenta euros, Javier. Menos ciento ochenta de gastos. Menos ciento cincuenta del préstamo de tu coche. ¿Cuánto queda? Cuatrocientos diez.

—¡Yo te traigo la compra!

—Una vez al mes. Dos bolsas de pasta y arroz y un pollo, por treinta euros. Y los niños se comían en mi casa, en una semana, el triple.

—Mamá, ¡siempre con tus cuentas! —aulló Javier.

—Me ha tocado aprender cuando mi hijo cuenta mi pensión.

Carmen colgó y puso el móvil en silencio.

Por la tarde sonó una notificación del banco. Transferencia de Javier: cincuenta euros. Mensaje: «Toma. Atrágantate».

Carmen devolvió el dinero. Sin escribir nada.

Pasaron dos semanas.

Vivieron como desconocidos. Sin llamadas. Carmen paseaba en el parque, leía libros y llevó el abrigo a la tintorería.

El viernes por la noche se hizo una tarta de manzana, solo para ella. El olor a canela llenó la cocina.

Llamaron a la puerta.

Carmen abrió. En el umbral estaba Javier, con la cara desencajada, los ojos inquietos, y a su lado Marcos, con la chaqueta azul llena de manchas.

—Mamá, sácame de esta.

Javier empujó a Marcos hacia el recibidor.

—¿Qué pasa?

—Rocío está en el hospital. Sospechan apendicitis. Voy a ver si pillo a los cirujanos. Angustias se ha llevado a Aitana y no tengo dónde dejar a Marcos. ¿Lo dejas contigo hasta mañana? Por favor.

Carmen miró al niño, cabizbajo, con la tableta en la mano.

—Vale. Pasa, Marcos. Quítate la chaqueta.

Javier soltó el aire como quien se quita un saco de patatas de encima.

—Gracias, mamá. Te llamo mañana.

La puerta se cerró antes de que Carmen le preguntara el número de habitación.

Marcos se quitó la chaqueta y la tiró al suelo.

—Recógela y cuélgala en el perchero —dijo Carmen, tranquila.

El niño la miró de reojo, pero recogió la chaqueta.

—¿Tienes hambre?

—No. Hemos comido en el McDonald’s.

Se sentaron en la cocina. Carmen cortó un trozo de tarta.

—¿Cómo está tu madre? —preguntó—. ¿Le dolía mucho la tripa?

Marcos engullía el pastel.

—A mamá no le duele la tripa.

Carmen se quedó congelada. El cuchillo se paró a un milímetro del plato.

—¿Y por qué ha dicho papá que está en el hospital?

—No sé. Mamá se probaba el bañador en casa. Han ido a un hotel con spa. Es el cumpleaños de la tía Nuria.

Dentro de Carmen algo se cerró con un candado sordo y pesado.

Dejó el cuchillo, se limpió las manos y cogió el móvil.

Entró en el perfil de Nuria, la hermana pequeña de Rocío. La primera historia se cargó con música alegre. Un embarcadero de madera, una piscina de agua caliente, Rocío en bañador verde nuevo brindando con una copa de cava. Texto: «¡Chicas! ¡Los maridos nos han pagado la escapada!». Publicada hacía cuarenta minutos.

El club El Robledal, a veinte kilómetros de Madrid.

El móvil hizo «blup». Mensaje de Javier.

«Mamá, era falsa alarma. No es apendicitis. Los médicos dicen que tiene que guardar reposo. Estaremos hasta el domingo en casa de su madre. Que Marcos se quede contigo dos días. Besos.»

Carmen se quedó mirando la pantalla.

Luego miró a Marcos, que extendía la manzana del pastel por la mesa.

—Marcos, ponte la chaqueta.

El niño levantó la cabeza.

—¿Adónde? Si acabamos de llegar.

—Vamos a ver a tu madre, a felicitar a la tía Nuria.

El taxi costó quince euros.

El coche olía a ambientador barato y a nieve mojada. Marcos se durmió en el asiento de atrás. Carmen miraba por la ventanilla: árboles negros y desnudos pasaban veloces.

No sentía rabia. Solo cálculo frío.

El taxi se detuvo ante las verjas de hierro del club El Robledal.

Carmen pagó, salió al aire helado y sacó a Marcos, medio dormido. El niño bostezaba y se frotaba los ojos. La chaqueta, mal abrochada; la gorra, ladeada.

En recepción había una chica alta de uniforme impecable.

—Buenas noches. ¿Dónde es la fiesta de Nuria Sanz?

La chica sonrió con educación.

—En el salón Perla, por el pasillo a la derecha. ¿La acompaño?

—Ya nos apañamos.

Carmen cogió a Marcos de la mano. Atravesaron el pasillo de moqueta, con música ambiental baja y olor a perfume caro y carne asada.

Empujó la pesada puerta de roble del salón Perla.

Dentro había veinte personas. Una mesa larga llena de aperitivos, la luz tenue y un hombre rechoncho que estaba a punto de brindar. Rocío se sentaba junto a la cumpleañera con un vestido de noche de tirantes y el pelo recogido. Javier, enfrente, reía con la cabeza echada hacia atrás y un whisky en la mano.

Carmen entró en el salón.

Sus pasos sonaron en el parqué. Marcos tropezó con una silla y gimió. Varias cabezas se giraron. El brindis se cortó.

Javier giró la cabeza. La sonrisa se le borró como si se la hubieran limpiado con un trapo. Se quedó blanco.

—¿Mamá? —musitó. El vaso chocó con el canto del plato.

Rocío se inclinó hacia delante con los ojos como platos.

Carmen fue directa a su mesa.

No gritaba. No insultaba. Habló con una voz serena que se oyó en todo el salón.

—Javier: os habéis dejado el equipaje.

Carmen empujó a Marcos hacia delante. El niño corrió a su madre y le enterró la cara en el vestido, dejando una mancha de manga húmeda en la seda.

—¡Mamá, quiero comer! —se quejó Marcos.

Rocío apretó tanto la mandíbula que se le marcaron los músculos.

—Carmen, ¿qué estás haciendo? —siseó—. ¡Nos haces quedar mal delante de los amigos! ¡Lárgate ahora mismo y llévatelo!

Nuria, la cumpleañera, se levantó a medias.

—Javi, ¿qué es este circo? Dijisteis que los niños estaban atendidos.

Javier saltó y agarró a Carmen por el codo, apretándole los dedos.

—¿A qué has venido? ¡Te lo había pedido!

Carmen bajó la vista a la mano. Luego le miró a los ojos, como se mira un obstáculo, como una mancha en la pared.

—Quita la mano, Javi.

Él la soltó.

—Me habéis mentido —dijo Carmen con la voz clara, para que todos la oyeran—. Sobre la apendicitis, sobre el hospital. Habéis dejado al niño como una maleta en una consigna y os habéis ido a beber.

—¡Estamos cansados! ¡Tenemos derecho a descansar! —gritó Rocío.

—Lo tenéis, pero pagándolo vosotros. Descansaréis con vuestros hijos. Yo estoy jubilada. Mi jornada laboral ha terminado.

Carmen dio media vuelta.

—¡Abuela! —gritó Marcos.

No se volvió. Caminó hacia la salida con la mirada al frente.

A su espalda, Javier gritó:

—¡Ya no eres mi madre! ¡Borra nuestro número!

La puerta se cerró y el ruido del salón quedó fuera.

En el pasillo, silencio. Carmen se ajustó el cuello del abrigo y pidió otro taxi. Dentro notó un vacío extraño que, por alguna razón, le permitía respirar mejor.

El domingo por la tarde, la llave giró con trabajo en la cerradura. La puerta tembló bajo un puñetazo y luego sonó un timbrazo largo, desesperado.

Carmen se estaba haciendo un té en la taza de los gatos. No se dio prisa: apagó el fuego y pasó la esponja por la encimera.

Se acercó a la puerta, pero no abrió.

—¿Quién es? —preguntó en voz alta.

—¡Abre! —gritaba Javier—. ¿Has cambiado la cerradura?

—La cambié. Esta mañana vino el cerrajero y me cobró treinta euros de mi pensión.

Javier dio otro puñetazo.

—Mamá, ¡¿estás en tus cabales?! ¡Rocío lleva dos días sin hablarme! ¡Nuria nos echó de la fiesta! ¡Mi jefe estaba allí y lo vio todo!

—Son tus problemas, Javier.

—¡Saca mis cosas! —gritó desde el rellano—. ¡Las herramientas, la caña de pescar, los patines! Todo lo que estaba en el balcón.

—Las sacaré el viernes. Las meteré en cajas y las dejaré junto a los contenedores.

—¡Estás enferma! ¡Hiciste ridículo a tu propio nieto! ¡Le has destrozado la psique!

—La psique se la destrozan los padres que se van a brindar cava a un spa mientras el niño estorba.

Al otro lado de la puerta se hizo un silencio pesado.

Después, Javier masculló entre dientes:

—Morirás sola. Nadie te dará ni un vaso de agua.

Carmen sonrió; una sonrisa dura.

—Me compraré un dispensador de agua con reparto a domicilio. Adiós, Javier.

Se alejó de la puerta. Los pasos en la escalera se apagaron.

En la cocina olía a té y a calma. No había botas ajenas embarradas, ni juguetes rotos, ni parientes gritando. Por primera vez en muchos años, la casa era solo suya.

Carmen se sentó, cogió la taza y dio un sorbo de té caliente.

¿Y vosotros, qué habríais hecho en su lugar: os quedáis con el niño y tragáis la mentira, o también lo lleváis a la fiesta y plantáis a sus padres delante de todos?

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— Con su pensión tiene de sobra, — dijo mi nuera. Ese mismo día me negué a cuidar a mis nietos.
A costa ajena — Ksy, escucha… Tú ya tienes un hijo. ¿Por qué no cuidas también de Mashenka? Total, vas a estar en casa igual — propuso Elena Vasilievna con total naturalidad. — Así Alenka podrá trabajar y salir adelante. Ahora lo está pasando fatal… Ksenia se quedó unos segundos en blanco, olvidando el salpicón que cortaba. Su suegra hablaba de los niños como si fueran gatitos. Ahí sí que no hay mucha diferencia. Pero con los niños… — Elena Vasilievna, no es tan fácil. Vanechka tiene solo tres meses y Masha ya año y medio. El mío tiene cólicos, no se despega de mí, duerme a ratos. Y Masha necesita vigilancia constante. Está en esa edad de jugar con la cocina, meter los dedos en los enchufes, volcar cosas… — ¡Ay, anda ya! — replicó la suegra. — Mis hijos se llevaban casi lo mismo y me apañé. Mientras das de comer a Vanya, puedes vigilar a Mashenka. Él donde lo dejes, ahí lo encuentras, aún no corre. Ksenia alzó las cejas y se aclaró la garganta, apretando los labios. Por dentro hervía. Parecía que Elena Vasilievna la veía como una propiedad que se niega a trabajar. Pero la nuera seguía intentando ser educada. — Elena Vasilievna, para mí es muy incómodo. No puedo. — Ksy, pensaba que eras buena, familiar, que querrías ayudar a los parientes de tu marido… — la suegra frunció el ceño. — No trabajas, no tienes nada que hacer, mi Sasha te mantiene. Pero Alenka… Ksenia sintió que su paciencia estaba a punto de romperse. Tenía que retirarse. Era inútil discutir con quien quiere llegar al cielo a costa ajena. — Perdón, tengo que dar de comer a Vanya. ¿Podrías terminar el ensaladilla rusa? — pidió seca y se fue al dormitorio. — Vaya, qué interesante. Cuando necesita ayuda, que se la den. Cuando hay que ayudar a otro, se esconde… — murmuró la suegra. Ksenia apretó los dientes. Era justo al revés. Antes lograba salir airosa, pero ahora la familia de su marido parecía decidida a ir a por ella. …Hace un mes, Alena, la cuñada de Ksenia, se divorció. Según la suegra, Igor era grosero, la trataba como a una criada y hasta la empujó en una pelea. Ksenia recibió la noticia con calma, casi indiferente. ¿Qué le importaban los problemas ajenos? — Yo no viviría con alguien que me pone la mano encima — dijo fríamente a la suegra. — ¡Claro! Yo también se lo dije. Hoy se mantiene en pie, mañana acaba con la cabeza en el radiador — añadió Elena Vasilievna. — Pero ahora, ¿de qué va a vivir la pobre? A Mashenka aún no le han dado plaza en la guardería. Ksenia ya entonces se sintió incómoda. Como si esperaran algo de ella. — Bueno, no está sola — dijo sin compromiso, queriendo acabar la conversación. — Sí, sí. Ayudaremos todos juntos. Ahora Ksenia entendía el propósito de aquella charla. La estaban preparando para quedarse de baja por maternidad por partida doble. Si Ksenia hubiera sido más ingenua, quizá habría aceptado. Es difícil negarse a alguien en apuros. Todos pueden equivocarse. Pero Ksenia sabía lo que era cuidar de dos niños. Cuando Vanya tenía solo un mes, Alena le pidió que cuidara de Masha. Tenía que ir al hospital. No quería llevarse a la niña. — No vaya a ser que pille algo… — dijo Alena. El viaje se alargó hasta la noche. Ksenia estuvo todo el día corriendo de un niño a otro, rezando para que Masha no se metiera en líos. Su casa no estaba preparada para una pequeña exploradora: cables sueltos, cosas por las mesas, aparatos enchufados… Por suerte, solo acabó con un plato roto y garabatos en la pared. Al final del día, Ksenia estaba agotada. Normalmente podía dormir algo con Vanya, pero con Masha era imposible. Y la noche anterior había sido de insomnio y tomas cada hora… Pero lo peor no fue eso. Cuando Ksenia necesitó ayuda, se la negaron. — Alena, ¿puedes pasar por la farmacia? Te hago un bizum. Me encuentro mal y Sasha no llega hasta la tarde… — Ay, Ksy, perdona, pero no quiero arriesgarme. ¿Y si tienes algún virus? Yo vale, pero Masha mejor que no se ponga mala. — Al menos cuelga la bolsa en el pomo y la recojo. Silencio incómodo. Alguien buscaba excusas. — Iría, pero el coche se me ha roto… Ksy, lo siento, imposible. A Ksenia no le gustó, pero no sacó conclusiones. Unas semanas después, su gato enfermó. Había que llevarlo al veterinario, pero no podía dejar a Vanya. Volvió a pedir ayuda a Alena. Y otra vez se la negó. También al día siguiente, cuando el gato necesitó suero. Entonces Ksenia entendió: Alena sabe pedir, pero no dar. Igual que Elena Vasilievna. La suegra no se rendía. La siguiente vez intentó “atacar” a Ksenia en una cena familiar, esperando que le diera vergüenza negarse delante de todos. — El mundo está tan insensible… — suspiró la suegra en la mesa. — Unos viven tranquilos, otros apenas sobreviven y no duermen pensando en el futuro… Los invitados, relajados tras la comida y el vino, quizá no prestaron atención a las palabras de Elena Vasilievna. O pensaron que hablaba del exyerno. Pero Ksenia captó la mirada punzante de la suegra y entendió perfectamente a quién iba dirigido el comentario. — Sí, no se puede discutir — respondió. — Por suerte, Alena no está sola. He pensado en su situación… ¿Y si las dos trabajamos y tú te quedas de baja por nosotras? Así ayudas a tu hija y a mí. Incluso te daría algo de mi sueldo. Ksenia se esforzaba por mantener la calma y la seriedad. Alena, que acababa de hacerse la víctima, se quedó lívida. Elena Vasilievna palideció y apretó el mantel. — Yo… es que… Ya no tengo fuerzas — balbuceó. — Dos niños son demasiado para mí. Tú sí podrías… Entonces Sasha no aguantó más. Sabía de los roces entre su madre y su esposa. — Mamá, cerremos el tema. Para siempre — dijo serio. — Que Ksy sea más joven no significa que le sea fácil. Ya está agotada. Tú te apañaste con nosotros, gracias, pero sabemos nuestros límites. No nos apuntamos a esto. La suegra apretó los labios y siguió picando el puré. Entendió que había perdido la batalla. No podía llegar a Ksenia ni por la opinión pública ni por su hijo. Pasaron seis meses. Todo ese tiempo la suegra solo contactó con Sasha. Dejó de ir de visita y, sinceramente, Ksenia lo agradeció. Al fin y al cabo, Elena Vasilievna nunca estaba cuando realmente hacía falta. Pero Ksenia no sospechaba que la suegra le había declarado la guerra fría. Se acercaba el cumpleaños de Elena Vasilievna. Ksenia quiso hablar con Sasha sobre el regalo. No iban a ir con las manos vacías. — Espera a elegir… — dijo él. — Igual ni nos esperan. — ¿En serio? — Ksenia alzó las cejas. — Sí. No quería decírtelo, pero… Ahora eres la villana de la familia — Sasha se encogió de hombros. Resultó que Alena había encontrado trabajo. No le quedaba otra. Su madre vivía en un piso pequeño y sería difícil convivir. Había que ganarse la vida. Alena empezó en un punto de recogida de pedidos, con la condición de que su madre la cubriera si hacía falta. Masha ya iba a la guardería, pero seguía siendo pequeña: adaptación, resfriados… Alena no dudaba en pedir ayuda a su madre. Tanto, que Elena Vasilievna pasaba todos sus fines de semana en el punto de recogida. Y los turnos eran de doce horas, no de ocho. A veces tenía que dejar su propio trabajo para ayudar a su hija. Todo el sueldo iba para Alena, la madre no se quedaba nada. Pero la suegra se cansó. Ayudar en persona no era tan fácil. Al darse cuenta de que la usaban, dejó de cubrir los turnos, alegando problemas de salud. Alena no se inmutó. No se veía como trabajadora, así que… volvió con su exmarido. No por amor ni arrepentimiento, sino porque él, con todos sus defectos, estaba dispuesto a mantenerla. Ahora vivían de nuevo en el círculo de gritos, reproches y treguas ocasionales. — ¿Sabes lo más gracioso? — sonrió Sasha. — Para las mujeres de mi familia, la culpable eres tú. Mamá cuenta a todos que si “esa egoísta no se hubiera negado, Alenka habría salido adelante y nunca habría vuelto con ese patán”. Ksenia suspiró y se tapó la cara. Vaya, encontraron a la culpable. — Bueno, quizá mejor así — dijo al fin. — Cuando la carga se va, el caballo descansa. Les encanta subirse a la chepa ajena… Sasha solo se encogió de hombros. Ksenia no sintió alivio, pero se alegró de que ella y su marido supieran decir “no” a tiempo. Quizá les costó algo de paz, pero salvaron su pequeño mundo acogedor…