A este perro no lo adopta nadie desde hace cuatro años… —susurró la voluntaria. El hombre ya se dirigía a la salida, pero al oír esas palabras se detuvo en seco.

Querido diario:

Hoy hace un año que adopté a Canelo. Todavía pienso en aquella mañana y siento un nudo en el pecho, pero ya no es de pena; es de algo que no sé nombrar.

Detrás de la alta valla verde de la protectora, cerca de Madrid, siempre había ruido. Los perros ladraban al ver caras nuevas. Los cachorros corrían por los cercados. Unos movían la cola con alegría y otros asomaban el hocico desde las casetas con miedo y esperanza. Todos pensaban que quizás hoy llegaba su persona. Los sábados había muchas familias. Los niños se reían, elegían a sus nuevos amigos y se hacían fotos.

Pero había un cercado donde casi nadie se paraba. Allí estaba un perro grande y rojizo. Tranquilo. Callado. Nunca se lanzaba a la gente ni pedía caricias. Solo miraba con atención a todo el que pasaba. En el cartel ponía: «Canelo. Edad: unos ocho años.»

Aquella mañana fui yo quien llegó a la protectora. Me llamo Javier Molina y hacía poco que había enviudado. El piso se me había quedado demasiado silencioso. Mi hija vive en Bilbao y de mis amigos solo me llegaban llamadas sin respuesta; no tenía ganas de invitar a nadie a casa. Un vecino me dijo una tarde: «Javier, coge un perro. Al menos tendrás a alguien con quien hablar.» Entonces me reí, pero a la semana siguiente estaba allí.

Rocío Navarro, la voluntaria, me sonrió.
—¿Quiere usted un cachorro?
—No sé. Quizá. Quiero ver.

Recorrimos los cercados. Los cachorros saltaban, los jóvenes metían las patas entre los barrotes y Rocío me contaba la historia de cada uno. Pero yo no acababa de decidirme. «Hoy no será, quizá», dije. Ella asintió: «Claro, estas cosas no se deciden a la carrera.» Me giré hacia la salida, y fue entonces cuando oí su voz, dicha más para ella que para mí.

—Lástima de Canelo…

Me detuve.
—¿Por qué?

Rocío señaló el cercado del fondo.
—A este perro no lo quiere nadie desde hace cuatro años.

Nos acercamos. Canelo no se levantó. Solo me miró con paz.
—¿Está enfermo?
—No.
—¿Es agresivo?
—No ha mordido a nadie en su vida.
—Entonces, ¿por qué?

Rocío sonrió con tristeza.
—Porque la gente quiere perros jóvenes, guapos y alegres. Y él… solo está muy cansado de esperar.

Me agaché junto a la reja. Canelo se acercó despacio, sin ladrar, sin dar saltos. Se sentó a mi lado y, de pronto, apoyó la cabeza en mi mano. Noté su pelo caliente, sus ojos tranquilos y una confianza que no me expliqué.

—Es un perro raro.
—Muy sabio —dijo Rocío—. Hace tiempo que entendió que el amor no se mendiga. Si alguien lo quiere, ya vendrá.

Nos quedamos en silencio. Luego le pregunté de dónde había salido. Rocío suspiró.

—Su dueño murió y unos vecinos lo trajeron. Al principio Canelo se pasaba el día junto a la puerta esperando. Después dejó de hacerlo. Pero cada vez que se abre la cancela, sigue mirando. En el fondo, todavía espera.

Noté algo que me apretaba por dentro.
—Cuando murió mi mujer, yo tampoco me acostumbraba a abrir la puerta del piso. Tenía la sensación de que iba a salir a recibirme.

Rocío dijo en voz baja:
—Entonces quizá os entendéis mejor de lo que parece.

Una hora después firmé los papeles. Rocío sacó a Canelo del cercado. Caminaba tranquilo, pero al llegar a la puerta se paró, se volvió y miró a los otros perros. Como si se despidiera. Luego vino hacia mí y, por primera vez, movió la cola con suavidad.

Los primeros días en casa fueron difíciles. Canelo apenas comía y dormía pegado a la puerta, como si tuviera miedo de que me lo llevaran otra vez. Yo no lo apuraba. Cada noche me sentaba a su lado, con un café, y le hablaba de mi vida.

—¿Sabes? Yo tampoco pensé nunca que iba a quedarme solo.

A veces hablaba media hora. A veces, dos minutos. Canelo escuchaba en silencio.

Una mañana me despertó una sensación extraña. Alguien había apoyado la cabeza en el borde de la cama. Abrí los ojos: Canelo estaba allí, mirándome ya sin recelo. Lo miré como se mira a alguien de casa.

—Hola, Canelo. Parece que ahora sí estamos en casa.

Ha pasado un año. Hoy he vuelto con él a la protectora. En cuanto abrí la puerta del coche, Canelo saltó, precioso, con el pelo brillante y contento. Salió corriendo hacia la verja. No para quedarse: para saludar a los que lo cuidaron cuando nadie lo quería.

Rocío se agachó a su lado.
—No se te reconoce, Canelo.

Me eché a reír.
—Y a mí tampoco.
—¿Por qué dices eso?
Miré al perro.
—Yo creía que venía a salvar a un perro. Y resultó que me salvó él a mí.

Antes de irnos, Rocío colgó un cartel nuevo en la entrada. Decía: «No preguntéis cuántos años tiene el animal. Preguntad mejor cuánto amor le queda por dar.»

Luego hicieron una foto de Canelo y la publicaron en la página de la protectora. Desde entonces, mucha más gente ha adoptado perros adultos. Y yo he entendido algo que no está en ningún manual: a veces, el que todo el mundo evita se convierte en el amigo más fiel del mundo. El amor de verdad no entiende de edad. Llega un día, sin avisar, y se queda.

Si algo me ha enseñado Canelo es que no elegimos a quien nos cambia. A veces solo hay que abrir la puerta.

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A este perro no lo adopta nadie desde hace cuatro años… —susurró la voluntaria. El hombre ya se dirigía a la salida, pero al oír esas palabras se detuvo en seco.
—María, quédate en casa. ¿De verdad tengo que llevarte a todos lados solo porque estamos casados?—mu…