Como el perro del hortelano, que ni come ni deja comer

**Junto al cántaro roto**

Desde pequeña, Lolita sabía que era guapa porque todo el mundo se lo decía.

Nuestra hija es preciosa, destaca entre las demás niñas por su belleza extraordinaria comentaba su madre, orgullosa, a todas sus compañeras y conocidas.

Y, la verdad, todos lo veían y asentían. ¿Qué iban a decir si era cierto? Aunque la vecina del tercero siempre ponía un poco de escepticismo:

Todos los niños son monísimos, pero al crecer, algunos pierden el encanto luego se corregía. Bueno, no digo que sea el caso de Lolita, pero ya se sabe cómo son estas cosas.

Lolita fue creciendo y, para cuando llegó al instituto, era una belleza esbelta y altiva. Arrogante y caprichosa, sabía que todos cumplían sus deseos, especialmente los chicos, que la seguían con la mirada llena de deseo.

Al terminar el instituto, no logró entrar en la universidad, aunque soñaba con un título superior. Al final, tuvo que conformarse con un ciclo formativo. En aquellos tiempos no había educación privada, así que terminó sus estudios y obtuvo un título de técnico en comercio.

Hija le dijo su madre, ¿por qué no vienes a trabajar con nosotras al laboratorio de la fábrica? No es un trabajo duro, no tienes que cargar peso, y tú eres tan delicada

¿Y mi título de comercio?

Ay, ¿quién trabaja de lo que estudia? Además, ¿para qué quieres meterte en el mundo de las ventas? decidió su madre, que había pasado toda la vida trabajando en la fábrica junto a su padre.

Así que Lolita se convirtió en técnico de laboratorio. Para entonces, era aún más hermosa, conocía su valor, y se enamoró de Javier, un ingeniero del taller de al lado. Su romance fue apasionado y fogoso. No tardaron mucho en formalizar.

Antes de que alguien te robe, cásate conmigo le propuso Javier, sonriendo, mientras le ofrecía un anillo. ¿Aceptas?

Acepto respondió ella, radiante.

La boda fue como todas las de entonces, en el comedor de la fábrica. En aquellos tiempos, las bodas eran todas iguales: ni muy lujosas, pero con muchos invitados.

Poco después de casarse, Lolita descubrió que esperaba un bebé.

Javi, pronto seremos tres le anunció.

¡Genial! Estoy feliz, Loli la abrazó y la besó.

Nació una niña, igual de guapa, con los mismos rasgos que su madre. Todos estaban encantados.

Pasaron los años. La niña creció, fue al parvulario, y Lolita y Javier siguieron trabajando. Pero después de la baja maternal, Lolita cambió. No físicamente, sino de carácter. De repente, se creía una reina y humillaba cada vez más a su marido. Javier se encargaba de su hija, Sofía: la recogía del cole, le leía cuentos por la noche, la acostaba

Lolita estaba ocupada. Llegaba tarde a casa, excusándose con el trabajo, aunque Javier sabía que en el laboratorio no hacían horas extra. No se atrevía a reprocharle nada por miedo a que montara un escándalo que resonara en todo el edificio. Él solo quería proteger a su hija, que no tuviera que presenciar las peleas.

Javier, han visto a tu mujer con el ingeniero jefe en un restaurante le susurraban los compañeros, pero él bajaba la mirada.

Javier, ¿por qué te casaste con una belleza? le preguntaban los amigos. Ya sabes lo que se dice: “A la mujer hermosa, todos la quieren probar”.

Todos le decían abiertamente que Lolita triunfaba entre los hombres, y que ahora se movía en círculos de alto nivel, no como él, un simple ingeniero. Por entonces, Lolita salía con Antonio, un alto cargo ministerial. Él la mimaba: joyas, regalos caros

Javier se convirtió en un marido sumiso. Se ocupaba de todo, desde la compra hasta las tareas del hogar. Lolita solo daba órdenes: “Que Sofía estudie”, “Que prepares la cena”, “Que limpies”. Ni siquiera pensaba en divorciarse; temía el daño que le haría a su hija.

Pero llegaron los tiempos de la reconversión industrial, y el puesto de Antonio, como el de muchos, empezó a tambalearse.

Loli, si preguntan por mí, no hables de más le advirtió él. Siento que pronto nos perderemos de vista.

Y así fue. Antonio desapareció. Más bien, se enteró de que lo habían arrestado. Peor aún: a ella también la llamaron a declarar. Lolita regresó aquella tarde con el rostro demudado, las joyas guardadas en una caja que enterró bajo la ropa vieja. No dijo nada, pero desde entonces volvió a casa temprano, quitándose los tacones antes de cruzar la puerta, como si temiera que el ruido delatara su vergüenza. Javier la miró por primera vez sin miedo, y sin decir palabra, le sirvió una taza de café, igual que a los vecinos, igual que a cualquiera. La hija, Sofía, creció entre silencios, aprendiendo que la belleza no salva, que el orgullo cansa, y que junto al cántaro roto siempre queda un poco de agua que recoger.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

16 + seven =

Como el perro del hortelano, que ni come ni deja comer
El vecino de edad equivocada Las mañanas de don Pedro Serrano comenzaban siempre igual. La tetera silbaba, la radio de la cocina desgranaba noticias de atascos y del tiempo, en el portal se oían dos o tres portazos: la gente salía a trabajar. Él, hacía ya tiempo que no tenía prisa, pero la costumbre de madrugar seguía ahí, como la de dar una vuelta por la casa comprobando si el balcón estaba cerrado, el gas apagado y las llaves en su sitio. Llevaba más de treinta años en la novena planta de su bloque en las afueras de Madrid. Sabía qué timbre correspondía a cada piso, quién daba los portazos más fuertes, quién dejaba siempre el carrito en el rellano. En su planta reinaba la tranquilidad, y eso le gustaba. Por las noches disfrutaba acomodándose en su butaca, poniendo una serie antigua, escuchando a la vecina del fondo toser detrás de la pared; le reconfortaba saber que la casa estaba viva, pero no era ruidosa. En el portal también todo seguía un cierto orden. Si veía un aviso torcido en el tablero, lo enderezaba. Una vez hasta compró celo, reimprimió el anuncio de limpieza de la comunidad y lo pegó bien, sin faltas. Entre los tramos de escaleras había un ficus suyo, en una botella de plástico cortada a modo de maceta. En verano lo sacaba al descansillo para alegrar el ambiente. Aquel día, cuando todo empezó a cambiar un poco, estaba regando el ficus. Por la escalera subía aroma a carne; algún vecino freía filetes abajo y el olor ascendía. El ascensor crujió y se paró. Salió de él un chico, con maleta de ruedas y mochila. Llevaba auriculares conectados al móvil, y de ellos se escapaba un ritmo pegajoso. El muchacho se detuvo, miró los números de las puertas y luego a don Pedro Serrano. —Buenas, —dijo sacándose un auricular—. ¿La doscientos treinta y siete es esta? —Esa es la de más allá, una puerta después —le respondió don Pedro—. Aquí la numeración es rara, no va seguida. El chico asintió, tiró de la maleta, que repiqueteó fuerte sobre las baldosas. El pasillo se sintió apretado por todas sus cosas; la mochila rozó a don Pedro en el brazo. —Uy, perdón, —dijo el chico tras un rápido vistazo—. Es que… me estoy mudando. La palabra “mudando” le sonó cortante a don Pedro. En la 237 vivía doña Lucía, viuda y tranquila, con su gata. Había oído que últimamente pensaba alquilar una habitación. Debía de ser este su nuevo inquilino. Don Pedro volvió a su doscientos treinta y cinco, cerró la puerta y se quedó un momento clavado en el recibidor. Al otro lado alguien movía muebles, sonaban puertas de armarios. Luego varios toques al timbre —entraba más gente, seguramente. Voces jóvenes, rápidas, risas cortas. Fue a la cocina, se sirvió más té. Demasiado fuerte, pero se lo tomó igual. No podía dejar de pensar en lo que decía doña Lucía: «Bueno, la pensión es pequeña, que viva alguien, los estudiantes son tranquilos». Tranquilos. Por la noche quedó claro qué significaba “tranquilos”. Ya oscuro, al fondo del pasillo sonaron bolsas, se cerró una puerta. Después, música tras la pared. No muy alta, pero con un bajo que se sentía en el pecho. Don Pedro apagó la tele para escuchar bien. El bajo golpeaba, constante, como si alguien aporrease con el puño. Aguantó diez minutos, luego fue a la pared a dar unos golpecitos. Nada. Volvió a golpear, más fuerte. Al minuto, el bajo bajó, pero no desapareció. —Vaya con los tranquilos —murmuró, volviendo a su butaca. La noche fue movida. Poco antes de las doce un portazo hizo temblar hasta el armario. Risas, susurros, las llaves peleando con la cerradura. Don Pedro, a oscuras, contaba los latidos de su corazón. Recordó esas frases del chat de vecinos: «Por favor, respetemos el descanso y la tranquilidad después de las once». Mensaje que él mismo reenvió una vez. Por la mañana abrió la puerta: dos pares de deportivas sobre el felpudo, una cazadora colgada en la percha donde sólo estaban antes su abrigo y el de doña Lucía. También había una caja de pizza apoyada en la pared. Miró aquello, se quedó quieto, volvió a la casa. Abrió el chat de la comunidad y escribió un mensaje: «Por favor, no dejar basura en el rellano». Borró. Probó con: «¿Quién vive ahora en la 237? Anoche mucho ruido». Borró también. Al final envió: «Por favor, no dejar basura en las zonas comunes». Al poco, alguien respondió con un emoticono. Otro comentó: «¿De quién es la basura?» — «Aquí está todo limpio». Doña Lucía ni apareció por el chat, nunca le iban esas charlas. Al mediodía se la cruzó en el ascensor, llevaba una bolsa con pan y un manojo de perejil asomando. —¿Ya tienes nuevo inquilino? —preguntó don Pedro, sin rodeos. —Ah, Iván, sí. Estudiante. De informática. Muy educado. Ya le he dicho que nada de ruidos. —Ajá —dijo él—. Muy educado. Por la tarde, otra vez música por la pared. Ahora con voz, y en inglés. Don Pedro apagó la tele, se calzó las zapatillas y salió al pasillo. Llamó a la puerta de doña Lucía. La música llegaba amortiguada pero firme. Al poco Iván abrió con pantalón de deporte y camiseta. —Buenas —dijo don Pedro—. ¿Puedes bajar el volumen? Ya es tarde. Iván parpadeó, se sacó el auricular que colgaba del cuello. —Uy, claro, perdone. Como tenía los cascos puestos ni me di cuenta de que estaban las columnas encendidas. Lo apago. —Mejor apaga —dijo él seco—. Aquí vive gente, esto no es una residencia. —Entendido, no más ruido. La música se cortó al instante. Don Pedro se volvió a su sofá, pero el enfado le seguía: «No se da cuenta de que tiene los altavoces a tope, será posible». Al día siguiente, el chico llamó al timbre cuando don Pedro veía las noticias. —Hola —saludó Iván, algo cortado—. Quería pedir disculpas por lo de ayer. Y, bueno, preguntarle si el wifi va bien aquí, porque no logro conectarme. Doña Lucía me dijo que usted lleva mucho en el edificio, que seguro sabe cómo va todo. Don Pedro estuvo a punto de contestar que su internet es asunto suyo, pero las palabras no salieron. Iván sujetaba el portátil con ambas manos, como si de un cuaderno de deberes se tratara. —Internet, sí… lo tengo por cable. Yo no soy muy entendido. ¿Qué es lo que te falla? —El router… —Iván frunció el ceño—. Meto la contraseña y no conecta. —¿La mía, dices? —No, no, —se apresuró Iván—. Puse la mía, pero doña Lucía me dijo que usted una vez llamó al técnico cuando se le estropeó el wifi. Pensé que igual tenía el número. Eso sí tenía sentido. El teléfono lo tenía anotado, pegado con un imán en la nevera. —Espera un momento —dijo, y fue a la cocina—. Por cierto, ¿cómo dices que te llamas? —Iván. —Yo soy don Pedro Serrano —le entregó el papelito—. Prueba a llamar, él me lo arregló. —Gracias, de verdad. Sin red no puedo con la uni… Iba a irse, pero vaciló. —Y si un día… bueno, si le pasa algo con el móvil o el ordenador, puedo echarle un cable. Entiendo de eso. —Todo va bien, gracias —cortó don Pedro—. Hasta luego. Iván asintió, se fue. El portazo fue suave. Por la tarde, cuando don Pedro luchaba para entender por qué habían desaparecido algunos iconos del móvil tras una actualización, recordó la oferta de Iván. Pero el orgullo pudo más: prefirió apretar y maldecir, y enredó todo más; hasta se le fue el reloj de la pantalla principal. Al día siguiente revivió la polémica del chat. Que si cajas de comida tiradas por el pasillo, que si foto de zapatillas en la entrada. Don Pedro reconoció las de Iván. Mensaje: «Son los de la 237, seguro». Otro: «Respetemos los espacios». Se quedó mirando la pantalla, después escribió: «Mejor hablarlo en persona que romperse aquí la cabeza». Se sorprendió al enviar eso. Un par de días después volvía del mercado con una bolsa de patatas cuando vio a Iván sentado en los escalones del portal, fumando y revisando el móvil. A su lado, una bolsa del supermercado. —En el portal no se fuma —le soltó Don Pedro al pasar. Iván se sobresaltó, escondió la colilla tras la espalda y la apagó en la papelera. —Perdón… Me voy afuera. —Ya da igual, —gruñó él—. Total, ya huele… Subió los peldaños, y al girarse vio a Iván coger la bolsa, echársela al hombro y sujetarle la puerta en silencio. —Gracias —le reconoció, a regañadientes. Compartieron ascensor. Entre el tercer y cuarto piso el ascensor se sacudió, como siempre, e Iván se pegó la bolsa al pecho para no molestar al vecino. —¿Lleva mucho tiempo aquí? —preguntó con la vista en el botón del «8». —Demasiado —replicó Don Pedro. —Es que yo… —Iván se rascó la cabeza— No me acostumbro. En mi casa tenemos una casa, no piso, allí es todo distinto. Nadie escribe por las zapatillas. —¿Y cómo se hace entonces? —preguntó Don Pedro, picado por la curiosidad. —Si algo molesta, lo dicen. Mi padre lanzaba una zapatilla si hacía falta, —sonrió Iván—. Pero no ponía la foto en un grupo. El ascensor llegó, las puertas se abrieron. —aquí también se puede hablar, —dijo Don Pedro—. Pero primero recoge las zapatillas y después reclama. —Las recogeré —prometió Iván. A los días, Don Pedro tuvo un problema con el contador de agua. De la administración le llamaron diciendo que no les habían llegado los datos y le aplicarían un coste estimado. Llamó al servicio técnico, pero no entendió la mitad. Se agachó como pudo a mirar los números, pero la espalda protestó tanto que tuvo que sentarse. Recordó las palabras de Iván: “si necesita, ayudo”. Primero lo rechazó, luego se levantó, salió al pasillo y llamó a la 237. Abrieron enseguida. Iván llevaba los auriculares, pero esa vez no había música. —¿Don Pedro? —se sorprendió el chico. —Dijiste que sabías… Bueno, necesito mirar los datos del contador y meterlos en internet, pero no alcanzo a leer los números. Por la espalda. —Claro, —se animó Iván—. Solo cojo el móvil. Entró en la casa, se descalzó con cuidado y colocó las zapatillas juntas. Ese detalle le llamó la atención a Don Pedro. —¿Dónde está el contador? —Bajo el fregadero, — suspiró Don Pedro. Iván se arrodilló sin quejarse, alumbró con el móvil, dictó los números, y él mismo entró en la web para enviar los datos. —Listo, —dijo—. Ya le llegarán en SMS. —Gracias… —Don Pedro sintió un poco de vergüenza—. Allí por teléfono lo explican como si fuéramos informáticos. —Así son en todas partes, —sonrió Iván—. Si quiere, puede poner la aplicación en el móvil, es más fácil. —No me líes con tus aplicaciones, —alegó Don Pedro—. No entiendo nada de eso. —No es difícil —insistió Iván—. Si quiere, le muestro. Se la mostró. Don Pedro observaba sus dedos con asombro, como si fueran trucos de magia con el móvil. Al final apareció un icono nuevo, con el logo de la empresa de aguas. —Así la próxima vez es darle aquí y listo. —Sí, sí… —Don Pedro no iba a admitir que no se acordaría luego. Desde aquel día, cambió la percepción que tenía sobre Iván. Le seguían fastidiando sus visitas nocturnas y el ruido al juntarse con amigos, pero ya no era igual, sentía algo nuevo, como ser parte de otro mundo algo más rápido, aunque fuese a la fuerza. Una noche especialmente ruidosa pensó en intervenir cuando leyó en el chat del edificio: «Otra vez ruidos en la 237. ¿Llamamos a la policía?» Se levantó, llamó al timbre. Iván salió despeinado, dentro se asomaba una chica joven. —Don Pedro… —balbuceó Iván. —¿Sabes qué hora es? Aquí hay gente que trabaja, que tiene tensión. ¿Te gustaría a ti que te lo hicieran? —dijo Don Pedro, serio pero sin levantar la voz. —Perdón —bajó la mirada Iván—. Ya cortamos. No quería molestar. —No piensas nunca. Crees que toda la casa va a adaptarse a ti. —Una chica tras Iván se disculpó. —De verdad, nos vamos. —Vale, pero que no se repita, ya están diciendo en el chat de llamar a la policía. —No hace falta, de verdad… Ya acabo el ruido. Cerraron y la calma llegó. Pero Don Pedro no se sintió mejor, tenía el pecho apretado, como si en vez de un aviso al vecino hubiera roto algo más importante. Al día siguiente se lo encontró en el cubo de basura. —Hola —saludó Iván—. De verdad, siento lo de anoche. No creímos que se colaba tanto. —Las paredes son de papel —refunfuñó don Pedro—. Aquí se oye todo. Quedaron en silencio. Las bolsas crujieron en las manos de Iván. —¿Vive usted solo? —preguntó de repente el chico, sin segundas. El comentario le hirió. —¿Y a ti qué te importa? —respondió, brusco. —Por nada —se echó atrás Iván—. Es que doña Lucía decía que lleva mucho y pensé… —Piensa en tus cosas, —le cortó don Pedro, y fue al ascensor. Ante el espejo lo pensó: «¿Para qué saltas así?» Semanas después hubo una fuga en la comunidad. Por la mañana, don Pedro oyó un goteo y salió a recibir: agua chorreando del techo, charco en la entrada. Puso manos a la obra, avisó a la administración y, mientras esperaba, tocaron el timbre. Iván, con un barreño en la mano. —¿También se le inunda? —preguntó. —Ya ve… —le mostró el techo. —En la habitación cae sobre el alargador —dijo Iván—. He quitado los enchufes, pero da miedo. Doña Lucía fue a reclamar. ¿Le ayudo a mover algo de muebles? Entre los dos apartaron el armario, pusieron más cubos. Iván movía sin quejarse, don Pedro aguantó como pudo. —Mejor no se agache tanto —propuso Iván—. Puedo hacerlo yo. —Todavía puedo valerme, —replicó don Pedro—. No te creas. Finalmente, la avería fue solventada. En la cocina, cada uno con su taza, Iván con la camiseta manchada de óxido y el pelo mojado, miraba por la ventana. —En mi casa, cuando se colaba el agua por el tejado, mi padre se tiró tres días de mal humor, y luego subió él mismo a arreglarlo. Yo ya estaba fuera. Solo me lo contó después. —¿Y por qué te fuiste? —se oyó preguntar don Pedro. —A estudiar. Allí sólo hay instituto. Aquí en la uni me dieron plaza. Mis padres dijeron: “Ve, aprovecha”. Pero… aquí todo es tan grande, tan extraño, la ciudad va deprisa y nadie se conoce. Al principio vivía en residencia, un caos. Ahora aquí, buscando un poco de paz. —Aquí también hay jaleo —dijo don Pedro. Iván sonrió de lado. —Lo intento, de verdad. Pero a veces… da cosa que todo sea tan silencioso, como un museo. —¿Qué tiene de malo la calma? —Nada… pero cuando hay demasiado silencio, piensas demasiado. Iván quedó serio viendo su taza. Don Pedro observó la suya. Hasta se escuchaba un taladro al fondo, en otro portal. —Así que eres informático —rompió el hielo Don Pedro. —Eso estudio. Programación. Pero me da respeto. En el primer cuatrimestre casi no apruebo. A veces pienso: “Igual debería volverme y ponerme a currar donde sea”. Pero mi padre no me lo perdonaría. —Los padres somos así —suspiró Don Pedro—. El mío igual. No contó cómo él también se fue de un pueblo, vivió en residencia, trabajaba llevando ladrillos. Eso ya le parecía de otra vida. Pero notó en Iván el miedo de no estar a la altura. Después de aquello, coincidían más. En el ascensor, en Correos. Iván evitaba poner música alta y si se le iba, bajaba enseguida, como si aprendiera a controlar el impulso. Un atardecer, en pleno diciembre, el frío entraba por las ventanas, a Don Pedro le falló la pierna. Apenas pudo alcanzar la cocina. Las pastillas estaban en el dormitorio. Dudó en quién pedir ayuda, pero al final marcó el número de Iván. —¿Sí? —contestó el chico. —Soy don Pedro, ¿estás en casa? —Sí… ¿le pasa algo? —Nada, solo… ¿puedes bajar un momento? Iván llegó en un instante, trajo las pastillas, el agua, le ayudó a sentarse y le acomodó la pierna. —¿Quiere que llame al médico? —Ya se me pasará. Son heridas viejas. —¿De qué? —Bah, cosas de joven. Me caí de una escalera. Ahora me lo recuerda. Iván se sentó en el borde de la silla. —Llámeme si necesita algo, —dijo—. Yo estoy casi siempre despierto por la noche, estudiando. —Tú estudia, muchacho, no como nosotros en tus años, sólo pensábamos en currar. —Pues ustedes saben tratar con la gente. Nosotros solo aprendemos a discutir en chats. Sonrió, y don Pedro le devolvió la sonrisa. El invierno se coló sin ruido. El portal enfrió, la corriente calaba hasta los huesos. Doña Lucía se fue unos días con la hija y avisó en el grupo: «Iván se queda solo, cualquier cosa, acudid a él». Don Pedro sonrió: «Ahora este ya es el mayor aquí». Un día de nieve, mientras sonaba la radio, llamó Iván con una bolsa. —He hecho cocido… me ha salido un poco de más. No lo voy a tirar, ¿le apetece? —Cómelo tú. —Ya he comido… Doña Lucía no está y a usted le gustan los platos de cuchara. Don Pedro no recordaba si se lo había dicho, pero aceptó la fiambrera. —Gracias, luego le devuelvo el táper. —Cuando quiera. El cocido estaba bueno, ligeramente salado, pero sabroso. Don Pedro pensó en lo curioso de la situación: aquel chico que parecía todo desorden, ahora le traía la cena. Unos días después Iván vino con su portátil. —Hoy hay partido, juega el Atleti. Pero mi plataforma no va; me han bloqueado la cuenta. ¿Me dejaría verlo aquí? Prometo silencio. Don Pedro iba a decir que el fútbol ya no le interesaba tanto, pero dentro sentía ganas de ver el partido y comentar como antiguamente. —Pasa, pero deja los zapatos a la entrada. Se acomodaron en el salón, cada uno en un lado del sofá. Iván trajo el té en el descanso, observó la bufanda rojiblanca en la estantería. —Pensé que era del Madrid —comentó Iván. —¿Y tú cómo sabes de quién soy? —La bufanda… aunque es antigua. —Como el dueño. —Pero fiel. Vieron el partido, saltaron de rabia al unísono. Al acabar, Iván lo agradeció. —De pequeño, con mi padre igual, solo que él protestaba más. —Yo también puedo si hace falta —sonrió don Pedro—. Pero me corto con público. —Ya no soy un extraño —dijo Iván, en voz baja. La frase resonó en la sala. La primavera se coló casi sin avisar. Pintaron los pasillos, el ficus buscaba el rayo de sol en el alféizar. Un día doña Lucía apareció. —Pedro, nuestro Iván seguro que pronto se va. Exámenes, prácticas… ¿Crees que merece la pena volver a alquilar la habitación? Estoy cansada de tanto cambio, pero hace falta el dinero. —¿Se va? —Dice que sí, ha encontrado un cuarto cerca de la universidad. ¿Tú qué opinas? ¿Busco otro? Don Pedro se encogió de hombros, aunque por dentro algo le dolía. —Haz lo que te convenga —respondió—. Tú eres la que tendrá que compartir. —Eso pienso —suspiró ella—. Al menos con este chico ya estaba acostumbrada. Por la tarde le cruzó al salir del ascensor. —Dicen que te vas. —Probablemente sí —asintió Iván—. Encontré algo más cerca de la uni. Aquí tardo más de una hora en llegar. —Bien hecho, la juventud tiene que moverse. Compartieron el trayecto en ascensor. Cuando llegó su planta, Iván sacó su maleta. —Le dejó también la clave del wifi, por si la necesita cuando vuelva doña Lucía o entra otro inquilino. O le puedo dejar el router, si le hace falta. —Voy tirando con lo que aprendí de tus aplicaciones. —Como prefiera. En las dos semanas siguientes tomaron té juntos varias veces, debatiendo cine, fútbol, tecnología. Iván le acompañaba del súper, don Pedro remendó una silla para él. El día de la mudanza, el pasillo recuperó la maleta y el paquetón de Iván. Doña Lucía revoloteaba, nerviosa, hablando de menaje y ropa. Don Pedro salió y se paró: —Ya te marchas. —Eso toca. Gracias por todo, por los contadores, por el fútbol. —Por el ruido no, —medio bromeó Don Pedro. —Por eso le pido disculpas, de corazón. Lo intenté. Se hizo el silencio. —No abandones la uni. O acabarás como yo, subiendo escaleras con lavabos. —Haré lo posible. —Iván dudó—. Si cualquier cosa de teléfono o internet, escríbame. Intentaré ayudar. —Eso haré. El ascensor llegó, Iván se fue. El pasillo quedó silencioso, demasiado. Sólo la cazadora de Don Pedro en la percha, todo limpio. Olor a pintura y a algún bizcocho desde abajo. Por la noche, con el té, Don Pedro hojeó el móvil. Buscó el nombre de Iván, abrió el chat vacío. Escribió: «¿Has llegado?» Dudó un rato. Al fin, pulsó enviar. Pocos minutos después: «He llegado bien. Gracias por preguntar». Otro mensaje: «¿Todo en calma por ahí?» y un emoji. Don Pedro sonrió. «Tranquilo, quizá demasiado. No olvides que esto no es residencia, aquí vive gente», y añadió un emoji. «Lo tendré en cuenta», contestó él. Dejó el móvil y fue a la cocina. Sacó dos tazas por costumbre, guardó una. Se asomó. En la plaza, chavales jugaban, pasaban con el perro, en otro portal sonó una puerta. Se sirvió el té, miró el ficus buscando la luz, vio la silla vacía enfrente y pensó: quizá algún día alguien vuelva a sentarse ahí. No tiene por qué ser Iván, ni joven. Simplemente alguien con quien poder discutir por el ruido, pedir ayuda con el móvil o ver el partido juntos. Y la idea, por primera vez, no le pareció tan mala. Bebió un sorbo. La casa seguía en silencio. Pero ahora, era como una pausa entre frases. Un silencio en el que uno espera al compañero, sabiendo que volverá a entrar, y cuando cierre la puerta, no será demasiado fuerte.